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José María Andrés Sierra

"La "deuda". Relato con el que gané el primer premio del "III Certamen de Relato Corto Ciudad de Caspe".

La madera de pino crepitaba en el fuego sobre el hogar de la cocina a la vez que despedía unas llamas altas, cimbreantes y de un color que variaba, según la altura o la intensidad de la combustión, del blanco brillante al azulado pasando por un amarillo, unas veces pálido y otras más intenso.

Las llamas, voraces, destructoras y vivificadoras por igual, con la ayuda de las cuatro personas que, sentadas en sillas de madera de anea, rodeaban el hogar, proyectaban sobre la pared del fondo otras tantas sombras chinescas que oscilaban ligera y caprichosamente según el gusto arbitrario de las llamas.

Edelmiro, el abuelo, atizaba las brasas y trozos de madera que se escapaban del fuego, acercándolos con cariño a la base de la hermosa fogata que calentaba y alumbraba la cocina de la masada de “Los Antones”.

De vez en cuando Edelmiro, con la mirada fija y perdida en las entrañas de aquel prodigio de la Naturaleza, golpeaba suavemente con unas tenazas metálicas la madera incandescente y ésta, como indignada, disparaba un sinfín de diminutas chispas que se iban apagando a medida que subían chimenea arriba o después de desplomarse en la plancha de acero del hogar.

Los cuatro moradores de la masada permanecían en silencio frente al fuego en la acogedora y cálida atmósfera de la cocina con la mirada fija en el fuego y absorto cada uno de ellos en sus propios pensamientos, mientras, fuera, hacía una de esas noches que todo el mundo coincidía en calificar de “noche de perros”.

Todo el día había estado helando, “helando de verdad”, como también solía decirse por aquellas sierras, benditas y malditas.

Al frío se habían unido, a lo largo del día, no menos de media docena de borrascas de matacabras antes de girarse, a última hora de la tarde, una heladora ventisca, cruda y despiadada como pocas se habían visto en los últimos años por aquellos parajes.

El ganado, vacas y ovejas, un día más no había podido salir al monte, consumiendo, también un día más, los escasos recursos de grano y forraje que quedaban almacenados en los espaciosos graneros y pajares de la masada y hasta había sido necesario, en varias ocasiones a lo largo del día, romper el hielo que cubría el agua de los abrevaderos para que los animales pudieran beber.

El estampido provocado por una ventana mal cerrada y empujada por el viento les obligó a suspender sus meditaciones y a volver a la realidad de aquel tiempo cruel e inclemente.

-Sube a cerrar la ventana, hijo – pidió Domingo a su hijo.

-Sí, padre – respondió éste -. Y tras levantarse, subió en dirección a los graneros, lugar de donde procedía el ruido de la ventana que se repitió en un par de ocasiones antes de que Juan cerrara la ventana y pasara el pestillo.

-¿Sigue igual? – preguntó el abuelo al muchacho, de nuevo ya en la cocina.

-Sí, abuelo.

-Mala noche, rediós, mala noche – exclamó este último.

-Mala noche y mal año, padre ¡si sólo fuera esta noche!

El silencio, junto con el fuego, volvieron a reinar en la amplia cocina de la masada a la vez que se intensificaban en las conciencias de aquellas cuatro personas los lamentos, las imprecaciones y las súplicas más sinceras.

-Si esto sigue así – dijo de pronto Domingo como si continuara inmerso en sus pensamientos –, no tenemos comida ni para quince días. ¡Maldito tiempo y maldita tierra!- acabó diciendo a la vez que arrojaba al fuego la diminuta colilla, prácticamente papel y nicotina, del cigarrillo que se había liado muchos minutos antes.

-No protestes, Domingo; Dios nos ayudará, ¡siempre nos ha ayudado! – dijo Eulalia, esposa de Domingo, nuera de Edelmiro y madre de Juan.

Domingo estuvo a punto de contestar con un disparate, pero la cristalina y serena mirada de su mujer se lo impidió.

-Tiene razón tu mujer, Domingo – terció Edelmiro -; siempre hemos salido de apuros como éste y también esta vez saldremos. No hay mal que cien años dure.

-Nunca hemos estado como ahora, padre, y usted lo sabe. Llevamos un año en que no hemos hecho más que padecer, ¡un año entero! Del final del invierno pasado, mejor no hablar; durante la primavera no cayó una gota, ¡ni una gota! Se secaron las fuentes, se abrasó el monte, se perdió la cosecha, apenas si recogimos un par de simientes, y si la primavera fue seca, el verano, fuego: un par de tronadas que no arreglaron nada y ...calor, calor y calor. Fuego, fuego y más fuego que acabó con todo: forrajes, prados, pastos y los pocos frutales que teníamos. ¿Otoño?, no ha habido otoño, no ha habido agua y el invierno... el invierno ha empezado como acabó el pasado, con heladas, aire, matacabras y ventiscas; ¿así saldremos? – se preguntó Domingo mirando primero a su mujer y luego a su padre –. A este paso no tendremos nada que dar de comer a los animales y, lo que es peor, no tendremos ni qué llevarnos nosotros a la boca. Y a mí... Yo con poca caso paso; me mantendría con raíces, pero las criaturas...

Al oír esto a Eulalia le vinieron a la mente sus dos hijas, Teresa y Amparo, las criaturas que su marido había mencionado.”¿Qué estarán haciendo ahora mis pequeñas?”, pensó Eulalia.

Teresa y Amparo habían sido fruto, por supuesto, del amor, pero también de un descuido. Habían sido como “el tardano” que llegaba a muchas familias, pero multiplicado por dos y en versión femenina.

Cuando no hubo dudas sobre el embarazo, el disgusto y la desazón familiares, sobre todo de padre y madre, fueron considerables, aunque no todo lo mundo lo vio así.

-Pues si Dios lo ha dispuesto así, será porque nos conviene – dijo Mª Antonia, la abuela paterna que apenas vivió lo justo para conocer a sus nietas: tres meses pudo disfrutar acariciándolas.

Y el disgusto se multiplicó por dos cuando en el parto D. Jeremías, el médico, dijo segundos después de dar envuelta en una toalla la primera de las mellizas a su abuela materna.

-Algo me dice que no hemos terminado.

A Eulalia, como a toda hembra en lo concerniente a la maternidad, no le cogió por sorpresa aquel comentario del médico.

-Viene algo más, ¿verdad, Don Jeremías?- dijo la mujer en medio de los sudores y de los dolores del parto.

-Sí, Eulalia y lo que viene será otra zagala o un zagal.

-¡Que venga lo que Dios quiera! – dijeron casi al unísono Eulalia y Ramona, su madre.

Habían pasado ya cinco años de aquellos momentos en los que la preocupación y el disgusto por el indeseado embarazo se habían convertido en un doble... no, en un céntuplo motivo de alegría al ver aquellas dos caritas rosadas que ahora, cinco años después, eran las verdaderas reinas de la casa.

“¿Qué harán a estas horas?” volvió a preguntarse la madre.

A esas horas Teresa y Amparo ya llevaban un buen rato en la cama, durmiendo.

Durante el tiempo que duraba el curso escolar, las niñas vivían en el pueblo con Ramona, la abuela materna, en la casa en la que ésta había vivido toda su vida.

En las épocas en las que el tiempo lo permitía, las niñas y la abuela iban el sábado a la masada para estar allí hasta el lunes por la mañana, pero en los crudos meses del invierno lo habitual era que, igual que otros niños y niñas del resto de las masadas, se quedaran en el pueblo.

“¿Cómo estarán mis hijas? “ se preguntó Eulalia de nuevo.

-Pero las criaturas...- volvió a repetir Domingo haciendo regresar a su esposa a la realidad-, no sería justo que tuvieran que pasar hambre.

-No pasarán hambre, Domingo; ¡Dios nos ayudará! – repitió convencida la mujer.

Edelmiro, poco amante del olor a incienso, su hijo y su nieto callaron. Ni creían ni descreían; sólo sentían que algo no estaba siendo justo con ellos.

-Si al menos hubiera en casa un buen puñado de duros para poder comprar comida..., pero tenemos el mismo dinero que suerte, ¡nada!

-No te mortifiques, Domingo, por Dios. Un día u otro esto se arreglará.

-Tiene razón, madre – se atrevió a decir Juan -; trabajando saldremos adelante, ya lo verá, padre.

Y para cambiar el rumbo de la conversación, pidió a su abuelo lo que le pedía casi todas las noches:

-Abuelo, ¿me cuenta alguna historia de las que usted se sabe?

Edelmiro accedió encantado:

-A ver si me acuerdo de alguna que...

Unos golpes a la puerta de la masada dejaron al abuelo con la palabra en la boca.

-¿Quién será a estas horas y con esta noche? – se preguntó Domingo en voz alta.

Los cuatro se quedaron mirando y, antes de que ninguno diera algún tipo de contestación, se oyó una nueva sucesión de golpes mucho más fuerte que las anteriores.

-¿Quién será? – se preguntó ahora el abuelo - . Con lo que está cayendo seguro que el que llama tiene muchas ganas de que le abramos.

Juan se levantó inmediatamente con la intención de bajar a abrir la puerta.

-No, hijo, iré yo – se adelantó Domingo a su hijo -. No sabemos quién puede ser.

-Te acompaño, padre – dijo Juan esperando junto a la puerta de la cocina.

-Como quieras.

Los dos hombres bajaron las escaleras a buen paso y, tras abrir Domingo decididamente la puerta, se encontraron frente a frente con una persona cuyo sexo era imposible reconocer a simple vista, ya que iba completamente embozado y con la cabeza íntegramente cubierta por un chal oscuro, pero que, por su corpulencia y complexión, no dejaba lugar a dudas de que se trataba de un hombre.

Encogido frente a la puerta y cubierto enteramente por la nieve de la ventisca que azotaba inmisericorde todo cuanto había al raso, la figura de aquel ser daba una idea exacta de lo que estaba pasando fuera de la masada.

-Pase usted. Se está helando - dijo Domingo.

El hombre entró al zaguán y el muchacho cerró inmediatamente la puerta con llave y un par de pestillos.

-Quítese esto – dijo Domingo al recién llegado señalándole la capa y el chal con los que se había abrigado hasta ese momento –, aquí no le van a hacer falta.

Con la ayuda del padre y del hijo, el forastero se desprendió de las dos prendas.

-Esto pesa una arroba- exclamó Domingo mientras colocaba, una tras otra, las dos prendas completamente mojadas en una especie de percha de madera de enebro que colgaba del techo en uno de los rincones del zaguán.

-Gracias – dijo el aparecido -. Han sido ustedes muy amables. Resultaba difícil aguantar mucho más rato ahí fuera. Gracias de nuevo – repitió el extraño, un hombre alto y fuerte, cuya edad era difícil determinar por su larga barba y su cabello igualmente largo aunque, tanto una como el otro cuidadosamente cortados y arreglados.

-Vaya nochecita para viajar, ¿se ha perdido usted? – preguntó Domingo, aunque sin dar tiempo para contestar al recién llegado -. ¡Déjelo!, ya hablaremos arriba. Ahora vamos a la cocina y arrímese al bien fuego para calentarse.

-Buenas noches – saludó el forastero a Eulalia y Edelmiro que se levantaron al ver entrar al desconocido junto a Domingo y su hijo.

-Buenas noches tenga usted – respondieron ambos al unísono.

-¡Ande!, ¡siéntese! – dijo Edelmiro acercando una silla al forastero.

-Gracias – dijo el hombre y se sentó junto al abuelo - . Ya les he mostrado mi agradecimiento cuando me han abierto su casa. Les agradezco de nuevo su hospitalidad. No es ésta una de esas noches que apetezca pasarlas al raso.

-En esta casa no se ha negado nunca ni agua, ni comida y abrigo cuando se nos ha pedido.

-Eso les honra – contestó el desconocido a Edelmiro.

El forastero acercó las manos al fuego y las refregó repetidas veces. Los cuatro moradores de la casa lo observaban e intentaban adivinar su edad, pero ninguno de ellos, debido a sus barbas, a sus cabellos y a su manera de conducirse se atrevía a dar, en su fuero interno, una cifra concreta entre los sesenta y los ochenta años.

-¿Ha cenado usted? – preguntó la mujer rompiendo el silencio.

-No, pero no debe usted preocuparse. Llevo aquí en el morral...

-Falta le hará lo que lleve en el morral cuando se vaya de aquí; ahora – dijo Domingo – coma de lo hay en casa.

-Eulalia, saca algo para cenar a este buen hombre y usted, padre, rellene la bota; unos buenos tragos de vino le devolverán el alma al cuerpo.

El forastero accedió y entre silencios y triviales comentarios de unos y de otro sació su hambre y su sed.

-Ya perdonará – dijo Domingo cuando el extraño hubo acabado de cenar –, pero no es muy corriente en noches como la de hoy andar por estos parajes. ¿A dónde va usted? Sabiendo sus intenciones, podremos decirle si va usted bien o se ha perdido.

-No me he extraviado, se lo aseguro – dijo el forastero con amabilidad.

-Entonces, ¿venía usted aquí?

-Camino de donde voy, sí – respondió con franqueza.

De alguna manera todos sintieron la misma curiosidad de hacer la siguiente pregunta, pero el aplomo, la serenidad y la seguridad con las que el forastero contestaba a todas y cada una de las preguntas que se le hacían, se lo impidió. No obstante, el abuelo no pudo evitar el continuar investigando algo sobre el recién llegado.

-¿Ya había estado usted por estas tierras?

-Sí – contestó el hombre con una beatífica sonrisa.

-¿Ya hace mucho o...?

-Sí, hace mucho, tanto que, si he de serle sincero, es como si no hubiera estado.

-Entonces... no se acordará usted de nada.

-No todo lo que conocemos lo hemos visto con nuestros propios ojos; hay veces que vemos por medio de los ojos de otros, y ...- sonrió el forastero – los montes, las vaguadas, los ríos, los caminos, los bosques, las masadas no aparecen y desaparecen o cambian de lugar de un día para otro. Le aseguro que conozco todas estas sierras... por lo menos como usted.

-Y, ¿de dónde viene usted? – preguntó inocentemente Juan, el muchacho.

-De lejos. De muy lejos.

Viendo Eulalia que las continuas evasivas y las enigmáticas contestaciones de aquel hombre estaban intranquilizando a los hombres de su familia, para evitar posibles preguntas comprometidas que pudieran enrarecer más el ambiente, decidió cambiar totalmente el rumbo de la conversación.

-Cuando usted ha llegado – dijo la mujer dirigiéndose al forastero –, el padre de mi marido estaba a punto de contarnos a todos una de las muchas historias que ha vivido o que ha aprendido en esta masada, ¿le apetece escucharla?

-Me encantaría – afirmó el hombre con una leve sonrisa.

Edelmiro continuaba pensando en las enigmáticas respuestas de aquel extraño personaje y no había decidido todavía qué historia contar.

-¡Ande, abuelo!, no se haga de rogar y cuéntenos una historia – le urgió su nieto.

-Bien – dijo finalmente Edelmiro -. Esta historia vosotros ya la sabéis, pero este buen hombre puede que no. Resulta que una noche...

Y con la habilidad y facilidad narrativa que poseía el abuelo, dotando a su relato de los silencios, susurros, exclamaciones y dosis de intriga necesarias, contó una vez más la historia en la que, obligado a quedarse solo en la masada, estuvo toda la noche con la escopeta de caza en la mano escuchando los extraños y estremecedores ruidos que varias fieras hacían con sus garras en la puerta de la masada y comprobando al amanecer de la mañana siguiente que, efectivamente, habían sido dos enormes lobos que aún vio fugazmente alejarse con la llegada del día y perderse en un bosque cercano, lobos que, por otra parte, nunca antes habían rondado ni volvieron a rondar por aquella masada ni por ninguna de las masadas cercanas.

El silencio se adueñó de nuevo de la cocina cuando Edelmiro acabó su historia.

Seguro – añadió segundos después el abuelo dirigiéndose al forastero -que si usted conoce tan bien como dice estas sierras y estas masadas también conoce alguna historia que nos pueda contar.

-Por supuesto que sí – contestó el hombre sonriendo levemente y consciente del pulso que le echaba Edelmiro -. Sé muchas, aunque posiblemente no tantas como usted. Entre ellas hay una que me emociona especialmente y que estoy seguro de que a todos ustedes también les conmoverá.

-¿Nos la cuenta?- preguntó ilusionado Juan.

-Claro que sí, muchacho. Verán ustedes. Había una vez en estas sierras una masada llamada la masada de “El Cielo” en la que vivía una joven muy hermosa llamada Virtudes.

-Virtudes– siguió narrando el forastero – tenía el nombre más apropiado que podían haberle puesto sus padres. Estaba adornada de todas las cualidades y gracias que puede desear una persona, en este caso, una mujer: hermosa..., hermosa no, hermosísima; sus largos cabellos negros eran una verdadera obra maestra de la madre Naturaleza; unos ojos verdes tan grandes como bellos; discreta; cariñosa; graciosa y simpática; trabajadora; hábil tanto con el ganado y los útiles de labranza como con la rueca y todos los utensilios propios de las mujeres con los que tejen, cosen y remiendan.

-No le faltaba nada a aquella moza, la hija más pequeña de una familia humilde, cuyo padre ansiaba, de manera desmedida y a cualquier precio, salir de la pobreza.

-Ni qué decir tiene que no le faltaban pretendientes a la hermosa Virtudes.

-Uno de ellos – continuó el forastero ante la expectación de su auditorio- era Julián. Este mozo, igualmente bien parecido, era el hijo único de los dueños de la masada más grande y más rica de toda la contornada: la masada de “Los Siete Cerros”.

-Julián, siempre montado en un hermoso caballo bayo, gastaba todas sus energías y su tiempo en conquistar el corazón de Virtudes.

-“¿Trabajar?” – decía este donjuán cuando alguien le preguntaba por su continua holganza – “¡Que trabajen los jornaleros!, para eso les paga mi padre.”

-Había, claro está, muchos más jóvenes que hubieran dado su alma por poder conquistar el corazón de Virtudes, pero ninguno se hacía la más mínima ilusión sabiendo que Julián vivía únicamente para enamorar a Virtudes. Su prestancia, su caballo y su dinero espantaban a cualquier otro pretendiente de la hermosa Virtudes.

-Por otro lado, todo el mundo conocía también el carácter violento de Julián que hubiera hecho cualquier cosa para evitar que algún mozo intentara seducir a la que consideraba como una propiedad particular suya.

-Había, con todo, un mozo de la misma edad que Virtudes, que era el único que tenía un trato continuo y de verdadera y franca amistad con Virtudes. Su nombre era Francisco, el hijo mayor de la masada de “Las Lomas”.

-¿Cómo era posible que Francisco pudiera acercarse con tanta familiaridad a Virtudes sin que Julián hiciera algo para evitarlo? – se preguntó el hombre.

-Francisco y Virtudes se habían criado prácticamente juntos al estar sus masadas colindantes y se había generado entre ellos una amistad fuerte y tierna a la vez y Virtudes, ante las suspicacias de Julián, había amenazado a éste con dejar de verlo si continuaba recelando de su amistad con Francisco. Julián tuvo, pues, que ceder.

-No se sabe si Francisco estaba o no enamorado de Virtudes, algo que, por otra parte hubiera sido lo más natural; lo que sí es cierto es que nunca le mostró a la moza otro cariño que no fuera amistoso y fraternal, posiblemente porque él quiso corresponder a la muchacha con el mismo amor y cariño que ella le profesaba: una amor de hermanos.

-Con el tiempo, el galante acoso de Julián empezó a dar sus frutos y aunque en el fondo Virtudes era consciente de que ella siempre sería más feliz con un hombre como Francisco, sin embargo, el atractivo, el caballo y las riquezas de Julián fueron minando poco a poco los escrúpulos que la moza tenía ante la, casi siempre, orgullosa fanfarronería de Julián.

-Y mientras el acoso continuaba, ni una ni el otro eran conscientes de las intenciones y los deseos que los padres respectivos tenían del uno o de la otra.

-Román, el padre de Virtudes, estaba encantado con el interés, tantas veces probado, que Julián tenía por su hija. Era, al fin y al cabo, el mejor partido que podía conseguir y así se lo hacía ver una y otra vez y días tras día. Julián tenía, pues, en el padre de Virtudes a su mejor aliado.

-Por el contrario, Moisés, el padre de Julián, había amenazado a su hijo con desheredarle si se casaba con aquella zagala hija de unos muertos de hambre. Y también se lo recordaba día tras día.

-Pasó el tiempo; la relación de Julián y Virtudes se fue haciendo cada vez más íntima y un buen día la muchacha, la hermosa Virtudes, tuvo que decir a quien ya había sido más que pretendiente, que esperaba un hijo suyo.

La reacción de Julián fue la del vil canalla que era en realidad.

-“¿Mío? Ese hijo puede ser de cualquiera. Seguro que te has refocilado con los mozos de todas las masadas de la contornada”.

-Desesperada Virtudes por la reacción de Julián, busco refugió en su familia, pero no encontró el consuelo que buscaba. Muy al contrario. Su padre, al saber de su estado y que Julián la había rechazado, dando por válidas las acusaciones de éste, echó de la masada a la desconsolada y destrozada Virtudes.

-“¡Fuera ahora mismo de esta casa, desgraciada! No has hecho más que deshonrar el buen nombre de nuestra familia.”

-Salió, pues, Virtudes de su casa con un pequeño hato de ropa a las costillas y su hijo en el vientre camino de todos y de ningún sitio y, poco antes de empezar a subir el puerto que la separaría definitivamente de su tierra, se encontró con Francisco que guardaba su pequeño rebaño de ovejas en unos eriales junto al río.

-“¿A dónde vas, Virtudes?” – preguntó el zagal preocupado por el aspecto triste y desolado de su amiga.

-La muchacha se echó a llorar y contó a su amigo, la única persona que había en el mundo que la quería y comprendía, todo lo que le había sucedido.

-“Guárdame el ganado, Virtudes, y espérame. No tardaré en volver” – dijo Francisco a la zagala cuando ésta hubo terminado su relato.

-Virtudes obedeció. ¡Qué más le daba salir de allí una hora antes o después!

-Francisco echó a correr y llegó poco después jadeante a su masada.

-“Padre – dijo el muchacho a Miguel, su padre - , ¿cuánto dinero hay en casa?”

-“Con la última venta de los terneros y los corderos, hemos sacado un buen puñado de duros, pero lo necesitamos para...”

-“Padre – interrumpió Francisco a Miguel - , necesito ese dinero; a cambio estaré toda la vida trabajando para la casa sin pedir nada. Podrá quedarse con la masada mi hermano Tomasico. Le cedo mis derechos.”

-El padre preguntó a su hijo por el motivo de aquella repentina y urgente necesidad de tanto dinero y el muchacho relató a su padre lo que Virtudes le había confesado poco más de media hora antes.

-“Ten el dinero, hijo, pero sin condiciones. Tú seguirás siendo el hereu de la masada” .

-Francisco volvió al lugar donde había dejado a Virtudes y en una taleguilla de lienzo le entregó todo el dinero que tenían los moradores de la masada de “Las Lomas”.

-Virtudes se resistió, pero Francisco la convenció para que aceptara el dinero.

-“Ésta es una deuda muy grande que tengo a partir de ahora contigo y tu familia – dijo ella entre lágrimas, antes de abrazar y besar a Francisco en las mejillas.”

-“No me debes nada. Tú no me has pedido nada, así que nada me debes”.

-“Pero te lo devolveré. Te juro que te lo devolveré.”

En ese instante, el forastero detuvo su relato ante la expectación de todos.

-Se sabe – continuó un poco después - que con el dinero de Francisco, Virtudes llegó a la Argentina. Allí tuvo su hijo y se casó con un gallego, también emigrante y entre los dos lograron empezar un negocio que se convirtió en una verdadera fortuna más adelante ya en manos de sus descendientes.

-En cuanto a Francisco... también se sabe que se quedó en la masada y que se casó con una zagala casi tan guapa y tan agraciada como Virtudes.

-¿Y Julián? – preguntó el muchacho segundos después de que el forastero diera por finalizado su relato y se hiciera un silencio que nadie se atrevía a romper.

-Festejó con media docena más de mozas y siempre mantuvo su orgullo y su prepotencia. Un día, siendo aún bien joven, junto a su caballo pastando, lo encontraron colgado de un pino. Se había ahorcado.

El relato del forastero impresionó tanto a sus anfitriones que decidieron dar por finalizada la velada.

-Mañana será otro día – dijo Eulalia a la vez que, abriendo la ventana, veía que la ventisca había dado paso a una benefactora y plácida nevada.

-Si no les importa –dijo el forastero después de que todos comprobaran felices el cambio de tiempo –, les agradecería que me permitieran dormir en la pajera; la noche...

-¡Ni hablar! Mi mujer le preparará una cama.

-¡Por favor! ¡No se molesten! – dijo con seguridad el forastero-. No deben preocuparse, créanme. Dormiré en la pajera.

Contra la voluntad de Domingo y Eulalia, así se hizo.

A la mañana siguiente se levantaron muy temprano los moradores de la masada.

Ya hacía un buen rato que había dejado de nevar y el cielo estaba enteramente claro, pero la nevada había sido realmente copiosa.

Mientras Eulalia encendía el fuego y se disponía a preparar los almuerzos, su marido y su hijo se felicitaban, mirando por la ventana, del afortunado cambio de tiempo. Sin embargo, la alegría de los tres contrastaba con el semblante circunspecto de Edelmiro. Esta situación no pasó inadvertida para Domingo.

-Padre, ¿qué le pasa? No sé... no le veo a usted muy...

Después de mirar uno tras otro a Domingo, Juan y Eulalia, se levantó, se acercó hasta la puerta que daba acceso a las escaleras, echó un vistazo y volvió a sentarse.

-¿No notasteis algo extraño en el hombre que se presentó anoche aquí?

-No, nada, aparte de que no tenía ninguna intención de decir ni quién era, ni de dónde venía, ni adónde iba – contesto sonriendo Domingo.

-No os disteis cuenta de nada, pero... ese hombre... ese hombre...

-¿Qué, padre? – preguntó Domingo al ver las vacilaciones de su progenitor.

-Pues que esa historia ya la conocía yo.

-¿Y por qué no nos la había contado usted? – preguntó su nieto.

-Porque...porque... – el hombre volvió de nuevo a vigilar las escaleras – ese hombre ha cambiado todos los nombres, pero esa historia sucedió aquí.

-¿Qué dice usted? – preguntó sorprendido Domingo.

-Sí, hijo. Esa historia sucedió aquí. El Francisco del cuento era en realidad Mariano, mi padre, tu abuelo. Todo esto me lo contó mi madre poco antes de morir. Después de aquella tragedia, todo el mundo quiso olvidar la historia de Ramón y María, que así se llamaban realmente Julián y Virtudes.

-Nadie contó nunca aquella historia y cayó en el olvido, pero mi madre quiso que yo supiera lo que mi padre había hecho por María.

Domingo, Eulalia y Juan quedaron estupefactos.

-Convendría que hablara usted con ese hombre – dijo por fin Eulalia.

-Sí. Creo que sí. Ahora comprendo – contestó Edelmiro -por qué no quería decir su nombre, ni de dónde venía ni a dónde iba, pero ahora necesito saber todas esas cosas.

El abuelo bajó lentamente por las escaleras en dirección a la cuadra y a la pajera y muy poco después de que alcanzara estos lugares se le oyó gritar desde la cuadra:

-Bajad, el forastero ya no está.

Padre, madre e hijo bajaron al instante hasta la pajera y, cuando llegaron, pudieron comprobar, aunque todavía no se veía bien, que el forastero ya no estaba allí.

Se dirigieron a la puerta de la masada y vieron cómo los pestillos estaban despasados y la cerraja abierta. Al abrir la puerta, unas nítidas huellas marcadas sobre el blanco manto de nieve que había caído aquella noche y que partían desde la misma puerta de la masada, corroboraron lo que era evidente.

Volvieron a la pajera y entonces vieron lo que no habían visto momentos antes.

-Se ha dejado el morral – dijo Juan.

-Es verdad . Tráelo. Lo subiremos arriba por si vuelve por él.

El muchacho cogió el morral y, al intentar levantarlo, se quedó totalmente sorprendido.

-¡Padre!, ¡pesa mucho!

-¡Cómo puede pesar mucho un morral! Anda, trae, lo subiré yo.

-¡Rediós! – dijo Domingo al cogerlo –, ¡es verdad! Pesa como un muerto.

Edelmiro, el abuelo, empezó a sudar.

-Abrid el morral – dijo completamente alterado.

-¿Qué dice usted, padre? – protestó Domingo que no entendía la reacción de su padre ni compartía la decisión de abrir un morral ajeno.

-Que lo abráis, ¡cojones!

Domingo miró a su padre y vio en sus ojos miles, millones de razones para abrir aquel zurrón. Así lo hizo. Dentro había una bolsa de lienzo tan grande como el morral de la que salieron un buen montón de monedas de oro junto con una nota que decía escuetamente: “Lo prometido es deuda. Gracias infinitas”.

2 comentarios

MAY -

Enhorabuena J.M. es un bello relato tratado de una manera exquisita, la lentitud del trabajo bien hecho y la riqueza del saber escuchar para poder relatar es una de tus virtudes. Gracias por compartirlo

DISNAIT -

Enhorabuena por el premio, y sigue escribiendo, se que es lo que mas te gusta.
Un abrazo