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José María Andrés Sierra

José Manuel Lamiel Sierra. In memoriam.

José Manuel Lamiel Sierra. In memoriam.

El pasado mes de septiembre hizo ya seis años que murió mi primo José Manuel . Fue una persona a la que me sentía especialmente unido. A nuestros lazos de sangre se unía nuestra gran amistad. Siempre nos tuvimos una gran confianza. Aún recuerdo a veces cómo nos contábamos uno al otro todo o casi todo, nuestros primeros e infantiles enamoramientos, nuestras preocupaciones, nuestras ilusiones y todo lo que discurría en aquel nuestro mundo infantil y juvenil. Muchas y poderosas razones, pues, para que su muerte supusiera para mí un momento especialmente doloroso. Su muerte fue un severo golpe para toda la familia. Tenía 47 años. Fueron duros los días que permaneció enfermo y desgarradores los momentos que antecedieron y siguieron a su muerte. Recuerdo que el día en el que murió estuvimos mi madre y yo toda la tarde, era domingo, en el hospital. Se veía que se acercaba el final. A eso de las nueve de la noche entró una enfermera en la habitación y puso un cartel en la cabecera de la cama en el que ponía que a la mañana siguiente iban a hacerle un escáner. Si aún pensaban hacer eso los médicos, fue lo que todos imaginamos todos, es que hay esperanzas de vida. Aferrados a esa esperanza nos fuimos mi madre y yo a eso de las diez de la noche. Poco más de una hora después de llegar a mi casa nos llamaron para decirnos que todo había acabado. Volvimos con mi madre la hospital. Fue un momento desgarrador. Cuando, casi de madrugada volví a casa no podía dormir. Me puse a escribir. Lo que a continuación viene es lo que pude escribir aquella noche. En ningún momento pense en hacerlo público, pero ahora he decidio hacerlo como recuerdo y homenaje a mi primo, a mi primo José Manuel. Creo que refleja muy fielmente lo que viví y sentí. Sólo falta una cosa. No mencioné en ningún momento a Basi, su suegra y fue un imperdonable error ya que quiso a José Manuel como a un verdadero hijo.

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Hacía meses que no llovía, pero el día en que entró en coma clínico mi primo, el cielo rompió a llorar. Primero mansamente, como disimulando, luego sin rubor, con rabia, como la inminente muerte de mi primo merecía. Bueno, digo simplemente mi primo, porque "mi primo" , así, a secas, sólo era José Manuel. Tengo más primos, sí, cinco concretamente, pero cuando me refiero a alguno de ellos siempre utilizo además su nombre: "mi primo tal" o "mi primo cual". Sin embargo, cuando me refería a José Manuel, lo hacía simplemente diciendo "mi primo". Ya bastaba.. Yo sabía a quién me refería y quien me escuchaba, si era inteligente, también. ¿Por qué esa distinción?. No tengo por qué ocultarlo: porque era al que más quería y porque era al que más sentía como primo mío.
Tengo miles de recuerdos de mi primo. Hay, lógicamente, de todo, pero predominan, y con mucho, los buenos. He tenido la tentación de poner aquí alguno, cuando estoy escribiendo estas líneas, desahogándome y con los ojos todavía húmedos, horas después de la pérdida de mi primo, pero no, no voy a poner aquí ninguno. Voy a quedármelos todos para mí. Al fin y al cabo, son recuerdos míos y es lo único que ya me queda de él. Quiero que sean exclusivamente míos, así que no voy a compartirlos con nadie, con nadie. Mientras no cicatricen las heridas que su marcha me han dejado, sus recuerdos serán sólo míos. Quizás después, con el tiempo, no me importe compartirlos con quien haga falta.
Han sido éstos unos días duros, muy duros, en mi caso sólo comparables a los de la enfermedad y muerte de mi padre. A excepción de esos días, no había sentido yo un dolor tan agudo en el corazón. Todo ha sido duro y atroz: el llanto propio, el ver el llanto de los otros, la desesperación de todos, el no poder arrancarse uno de las entrañas ese dolor que a veces se hacía insoportable y que hacía brotar lágrimas tan amargas como la hiel, pero, sobre todo, ha sido atroz y cruel la impotencia de no poder hacer nada mientras todos veíamos que mi primo se nos escapaba irremediablemente.
Ha sido uno de los fines de semana más irremediablemente tristes y dolorosos de las vidas de casi todos los que íbamos ocupando aquella habitación en la que parecía que se habían concentrado toda la tristeza y todo el dolor del mundo.
Pasaban las horas, la mañana, la tarde, la temible noche, la siguiente mañana, la siguiente tarde...y todo seguía igual: la dolorosa agonía de mi primo acompañada de nuestras impotentes lágrimas y nuestro corazón encogido. Y en aquel escenario que variaba tan poco, resaltaban sobre todo tres cosas: el cuerpo inerte de mi primo, la desesperación de una madre y los ojos infinitamente tristes de una esposa que miraban a su marido con una mezcla admirable de dolor, compasión, amor y ternura. Nunca olvidaré esos ojos de Teresa tan increíblemente tristes como increíblemente serenos en momentos en que otros no podíamos reprimir las lágrimas. Pienso que a aquellos ojos el cuerpo se negaba a darles más lágrimas. Habrán sido ya, sin duda, litros de lágrimas los derramados en silencio y a solas durante todos estos meses de enfermedad, miedos, dolor, esperanzas y desesperanzas. Y el cuerpo ya no le daba más. Igual que un cuerpo se agota y llega el momento en que no puede dar ni un paso más, pienso que llegó también un momento en que el cuerpo de Teresa no podía dar de sí ni una sola lágrima más. Además, la naturaleza es sabia y sabía que a aquellos ojos les esperaban todavía los peores momentos. Había, pues, que descansar para poder derramar con generosidad las últimas lágrimas por su marido.
Han ido pasando las horas y ha llegado la noche fatal y en ella lo inevitable: mi primo se nos ha escapado para siempre. ¿Qué decir?. Nada. La mezcla de dolor y de sentimientos de todo tipo hace que no le sea fácil a uno poder expresarse. Sólo puedo decir que he vivido uno de los momentos más patéticos de mi vida: cuando ya todo había acabado y, al filo de la media noche de un domingo a un lunes, una veintena de personas atravesábamos arrastrando los pies y silenciosos los pasillos de la planta baja del Hospital Miguel Servet, habiendo dejado parte de nuestro corazón, una buena parte de nuestras vidas y toda nuestra esperanza en la habitación 612.
Como escribí en otra triste ocasión en memoria de un alumno y amigo mío que también se nos fue, espero, José Manuel, que haya cielo para que puedas ver realizadas allí todas las ilusiones y todos los proyectos que, desgraciadamente, no has podido ver realizados aquí.

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