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José María Andrés Sierra

El "Moro", un perro con alma.

A finales de los años setenta, mil novecientos setenta, claro está, mi hermano había decidido quedarse en Molinos y dedicarse a la agricultura y la ganadería. Sobre todo a esto último. No es pasión de hermano si digo que Francisco, mi hermano, es uno de los mejores ganaderos que se dedican a esta actividad en este país. No, no. No exagero. Pero no voy a hablar de mi hermano. No por falta de ganas y de temas que pudiera tratar. Simplemente creo que no es el momento oportuno todavía. Todo se andará. Ahora me apetece sacar una poesía que escribí hace muchos años y, si quiero que se entienda un poco el porqué lo hago y la poesía misma, debo hacer una pequeña introducción, que es lo que pretendo hacer y estoy haciendo si no acabo enrollándome como ya he empezado a hacer.

Bien. Como decía a finales de los setenta mi hermano, más joven que yo (sí que quiero confesar que le sabe fatal que le digan que parece mayor que yo) ya había decidido su futuro. Mis padres, estoy completamente seguro, no influyeron para nada en la decisión de mi hermano. Es algo que nunca hemos hablado. pero creo no equivocarme si digo que para mi madre fue una decisión que le produjo un sabor agridulce: por una parte hubiera deseado que su hijo pequeño siguiera estudios como el mayor, pero por otra parte agradecía que uno de los dos continuara en casa. Yo he heredado sin duda el sentimiento que mi madre tiene de lo vital y trascendental de la familia. No me cabe duda. Lo he heredado directamente de la fuente: de mi abuelo Toribio. Ese sentido trascendental de la familia y de los amigos. Pero..., bueno, vuelvo a enrollarme.

Mi hermano, como decía... ¡ha! me ha faltado decir que si para mi madre la decisión de mi hermano supuso un choque de emociones, para mi padre fue el mejor regalo que podía enviarle el cielo. No digo más.

Bien. Mi hermano se dedica a la ganadería y un buen ganadero, un buen pastor necesita un buen perro de ganado.

Por medio de un tío nuestro, Enrique Altabella, anricuario de Aguaviva, mi padre consiguió un perro de ganado realmente fantástico. Estaba castrado. ¿por qué? Parece ser que su dueño, debido a que era tan buen perro pastor, estaba cansado de que le llevaran tantas perras para que las cubriera que decidió castrarlo.

Contar cosas suyas sería interminable. Algún día pueda que lo haga... Bueno. Voy a contar solo una.

Un buen día, (mi hermano estaba haciendo la mili y yo, acabada la carrera y la mili, me encontraba en Molinos ayudando a mi padre a la espera de que Francisco, mi hermano, volviera del servicio militar para poder buscar trabajo en la enseñanza) había ido a apacentar el ganado a Valdesoria. Por supuesto, iba acompañado de Pastoret, (lo llamábamos indistintamente "Pastoret" y "Moro") el perro que nos había proporcionado un amigo de mi tío Enrique. Era invierno y hacia un frío "que pelaba". Se nos había hecho tarde y cuando llegábamos al pueblo, era ya noche cerrada. Recuerdo que teníamos ya las primeras luces del pueblo a menos de cien metros cuando, de pronto, empezamos a oír unos ladridos que helaron mi sangre, a la vez que aparecían junto a las primeras casas del pueblo cuatro o cinco perros (hace ya muchos años y no podría asegurar si eran cuatro o cinco, pero menos... no ) alguno de ellos de un tamaño que casi doblaba el de Pastoret. recuerdo uno perfectamente, el que más miedo me causaba, un pastor alemán tremendo. No eran entonces tiempos en los que se llevaran los perros concollares ni siquiera que los amos supieran donde estaban sus perros.

El susto que me dieron aquellos perros fue tremendo y el miedo que sentí a continuación, mucho mayor.

A la vez que yo me detenía paralizado por el miedo, mi perro me adelantó y se quedó parado delante de mí. Lo recuerdo como si lo hubiera vivido esta misma tarde. De pronto Pastoret arqueó el lomo de una manera que pareció crecer no menos de dos palmos, todo el pelo se le erizó como si lo hubieran peinado con gomina, giro su cabeza, me miró y empezó a andar con un paso lento y majestuoso. La jauría continuaba amenazante a pocos metros de nosotros pero Pastoret continuaba con su paso lento y decidido. Cada diez o quince segundos volvía la cabeza y me miraba. Lo prometo. Era come decirme: "Tú sígueme. No tengas miedo". Yo veía aquellas fieras que ladraban de una manera espantosa y me daban ganas de volverme y echar a correr y perderme en la oscuridad de la noche lejos del pueblo pero las miradas de Pastoret eran tremendamente tranquilizadoras y persuasivas. Cuando llegamos a escasos metros de donde se encontraban aquellos malditos perros yo me encontraba aterrorizado. Pastoret arqueó todavía más su lomo y lanzó un gruñido amenazador. Para mi sorpresa y alivio, aquellos perros que estaban cerrando completamente la calle, aunque sin dejar de ladrar de una manera que helaba la sangre, empezaron a apartarse a un lado y a otro de la calle y dejaron por el centro un pasillo por donde Pastoret, emitiendo unos gruñidos que hasta a mi me asustaban, empezó a cruzar sin dejar de mover la cabeza a un lado y a otro y a continuación a mí, estoy seguro, de que para comprobar que continuaba avanzando detrás de él.

Poco a poco los perros fueron bajando el tono y el ímpetu de sus ladridos mientras Pastoret, sin dejar de volver la vista atrás para dominar la situación me alejaba de aquel trance del que no sé cómo hubiera salido si hubiera ido yo solo. Bueno. Continuaré. Se me ha hecho tarde.

Continúo, aunque bastante más tarde de lo previsto. Hoy es día 29 de mayo.

Bueno. Debo confesar que ya no sé con exactitud por donde quería continuar con mis "recuerdos" de aquel perro tan increíble, pues guardo tantos y tan buenos recuerdos que sería excesivamente largo relatarlos todos. Pondré uno más. Sólo un detalle más de lo que era capaz de hacer aquel perro.

Un día mi padre bajó el ganado desde el monte hasta el corral, la paridera, en la que lo encerrábamos en el pueblo. Para ser más exactos, no bajaba todas las ovejas, únicamente las que criaban, que podrían ser entonces unas doscientas aproximadamente. Iban en el rebaño, pues, las ovejas con sus crías, éstas de pocos días de vida.

El trayecto que tenía que hacer mi padre con las ovejas discurría, en su parte final, por un camino no demasiado ancho entre huertas. Una honda acequia discurría paralela al camino por uno de sus márgenes.

Mi padre, lógicamente, iba delante, dirigiendo el rebaño y tras éste iba el perro, el "Pastoret" para que ninguna de las ovejas más retrasadas se metieran en algunas de las huertas y huertos que había a un lado y otro del camino, labor esta que el perro realizaba con una eficacia inigualable.

Cuando llegaron al corral y todas las ovejas y sus crías estuvieron en el corral, el perro, "Pastoret" empezó a ladrar junto a mi padre y a tirar con sus dientes de su pantalón.

Mi padre no acertaba a comprender que le sucedía al perro que, sin dejar de ladrar, se alejaba de él unos metros y cuando veía que mi padre no lo seguía, volvía junto a él y , de nuevo, tiraba de su pantalón con suavidad pero con insistencia. Por fin mi padre decidió seguir al perrro.

Cuando éste vio que mi padre echaba a andar, se lanzó a una carrera frenética volviendo por el camino que habían venido. Mi padre, claro está, corría detrás del animal todo lo que podía pero si darle alcance. Pastoret lo esperaba y cuando mi padre llegaba junto a él, volvía a correr deshaciendo el camino que hacía minutos habían andado. Desùes de unos cuantos minutos corriendo llegaron a un punto de la acequia junto a la que habían hehco el camino y el perro se detuvo y empezó a ladrar hacía un punto muy conctreto de la acequia.

Mi padre se detuvo, se arrodillo en el camino y se asomó al punto de la acequia sobre el que lagraba el perro. Apartó las hierbas que había en lo más alto y que no dejaban ver el fondo y, para asombro de mi padre, en el interior de la acequia había un cordero pequeñito que había caído y que, lógicamente, no podía salir. Real, muy real. Lo aseguro.

Estando en la mili, en la "puta mili", un día de guardia, recibí una carta de mis padres en la que me decían que Pastoret había muerto. Lloré como un niño y me emborraché a conciencia.

Un tiempo después escribí para él una poesía que reproduzco a continuación.

 

A mi perro “Moro”.

Llevaba el pelo negro,

muy negro y sucio

porque nunca lo lavaron con jabón,

y aún así

le brillaba como un disco lunar en su apogeo.

Era un fresco rayo de luna

robado a su dueña en una noche incierta,

era el aliento salvaje de un dios desconocido.

También tenía el pelo largo

y mal cortado,

enredado por cardos, abrojos, aliagas

y cachurros.

Las uñas rotas de andar y andar,

correr y jugar

entre riscos y barrancos,

lomas y canteras,

caminos rotos y sendas olvidadas.

Mechones juguetones, saltones,

a veces impertinentes

cribaban los chorros vivaces y serenos

de su mirar atento.

Patas ágiles, dueñas de un correteo

constante y gracioso.

Boca grande,

hecha para acariciar, lamer,

para besar, para hablar y atacar con rabia

más que para comer.

Su corta cola,

un continuo movimiento;

sus orejas,

la atención;

sus ojos, dos astros

hechos de nostalgia eterna.

Todo él armonía, gracia

y obediencia.

No comió

brebajes enlatados de perro mal cuidado

ni conoció

peluquerías para canes

la lluvia lo lavó,

lo acicaló la nieve,

la escarcha, el matacabra

y llevó siempre con él la fragancia

del espliego

y del romero,

del tomillo y madreselva.

Llevó el olor de todas las flores de todos los prados,

de todos los árboles

de su pequeño universo.

Llevó toda la naturaleza

en sus plomizas espaldas.

Fue él,

divinidad, naturaleza encarnada en perro.

No tuviste dueño que te paseara, Moro, pero...

¡Dios! ¡Cómo llegué a quererte!

 

 

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