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José María Andrés Sierra

A PROPÓSITO DEL "TRÍO DE LAS AZORES"

A PROPÓSITO DEL "TRÍO DE LAS AZORES"

     Corría el mes de agosto del año 356 a.C., concretamente el día sexto del mes llamado entonces Hecatombeo. No iba a ser un día cualquiera. El día quinto del mismo mes, nadie podía imaginarse que el día siguiente iba a ser uno de los días más importantes de la antigüedad y uno de los más significativos de toda la historia de la Humanidad. Aquel día en Pella, la ciudad que albergaba el palacio real de la antigua Macedonia, la reina Olimpiade de Épiro daba a luz a un niño que muy pronto pasaría a la Historia (con mayúsculas) con el nombre de Alejandro Magno. Los augurios decían que su verdadero padre no era Filipo, sino el mismísimo Zeus que había dejado encinta a la reina bajo la apariencia de una serpiente.

     Y dice también la tradición que Zeus había querido dejar constancia de ello y, para demostrarlo, ese mismo día envió (o se le escapó) un rayo, su juguete favorito, acompañado de un monumental trueno que destruyó el templo de Artemisa en Éfeso, una de la siete maravillas de la antigüedad. En palabras de un historiador griego "lo más perfecto que había salido de las manos del hombre."

     Nunca sabremos si Alejandro Magno fue hijo de Zeus o de cualquier otro dios, pero el tiempo sí que se encargó de encontrar una explicación más sencilla y menos divina para el asunto del incendio del templo: un anodino personaje llamado Herotóstrato, envidioso, sin duda, de los personajes que por méritos propios iban pasando a la nómina de los elegidos por la Historia (con mayúsculas), consciente de que por sus méritos no iba a perdurar ni en la historia (con minúsculas) de su Éfeso natal, decidió hacer algo sobresaliente que lo inmortalizara, y para ello se le ocurrió la brillante idea de quemar el mencionado templo de la venerada Artemisa. Consiguió ambas cosas: la destrucción del templo y su inmortalidad.

     El día 16 de marzo del 2.003 será también un día que no se olvidará en los manuales de Historia. Ese día tres iluminados, tres líderes mundiales, tres elegidos por los dioses y la historia, se reunieron en una pequeña y alejada isla del océano Atlántico para diseñar un plan con el que destruir el eje del mal, salvar a la humanidad de todos los peligros, reales e imaginables e instituir un nuevo y justo orden mundial en el que no tengan cabida los dictadores.

     Héroes magnánimos, mártires de la incomprensión, conscientes de estar en posesión de la verdad pero rebosantes de indulgencia con los ignorantes (casi todos, excepto ellos) que no entendían sus buenos propósitos y sublimes ideales, los tres líderes iluminados urdieron un plan que se dispusieron a poner en marcha sin ninguna dilación.

     ¿Su plan? Sencillamente aniquilar un pueblo que ya las ha recibido en ambas mejillas.

     Al igual que en tiempos de Alejandro Magno no todos tragaron lo de la paternidad de Zeus y su demostración pirotécnica, tampoco ahora nos creemos, al menos algunos, lo de la alta misión de estos iluminados y también, como sucedió hace veinticuatro siglos, la historia desenmascarará esa patraña y sacará a la luz una explicación más prosaica y convincente: no se trataba de tres ungidos por Dios y por el destino, sino de tres cantamañanas sin escrúpulos que acudieron allí por razones distintas: uno para apoderarse del petróleo del pueblo a quien supuestamente pretendían defender y devolver algún que otro favor a quienes lo encumbraron; el segundo, primo hermano del primero, para ayudar a su pariente y para que no decayera esa vieja tradición imperialista tan arraigada en su pueblo. Y el tercero porque, como Herotóstrato, no encontraba mejor manera de pasar a la historia.

     Por cierto; de Herotóstrato puede leerse en alguna fuente, cómo no podía ser de otra manera, que no estaba muy cuerdo.

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