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José María Andrés Sierra

La esclavitud en Roma. Textos. El levantamiento de Espartaco.

La esclavitud en Roma. Textos. El levantamiento de Espartaco.

En la época de Roma, la esclavitud era algo habitual en el todo el Mediterráneo, pero hasta el S. III a. de c. no hubo muchos esclavos en Roma. Esto cambió cuando los romanos empezaron a conquistar nuevos territorios. Muchos de estos esclavos eran capturados durante las guerras, cuando sus ciudades o países pasaban a poder romano. Por ejemplo, después de una gran victoria en Épiro (región situada en la parte oeste de la actual Grecia) en el 167 a.C. se capturaron cerca de 150.000 esclavos, que fueron llevados a Roma. Llegados al puerto de Ostia fueron vendidos en grandes subastas de esclavos. La puja podía ser dura.

Pero también se acababa siendo esclavo por otras razones. Algunos esclavos eran delincuentes. Otros eran niños abandonados por sus familias. Otro grupo era el de los que habían sido vendidos por sus padres, porque no podían hacerse cargo de su alimentación. Una vez que el sistema de la esclavitud se puso en marcha, muchas personas nacían destinadas a ser esclavas.

DISTINTAS FUENTES ANTIGUAS SOBRE EL TRATO DE LOS ESCLAVOS.

"¡Dioses celestiales!, ¡Qué hombres tan miserables había alli! Hombres cuya piel estaba pintarrajeada por los cardenales amoratados de los latigazos, cuya espalda cubierta de llagas, estaba más semioculta que protegida por unos harapos hechos trizas. Algunos cubrían tan sólo su bajo vientre con un exiguo taparrabos. Todos los demás iban vestidos con túnicas tan destrozadas que, a través de sus jirones, dejaban ver totalmente sus cuerpos; su cabello, rapado por uno de los lados; sus pies, presos en grilletes. Tenían la tez terrosa y deformes los párpados corroidos por las humeantes tinieblas del horno tenebroso y ardiente, hasta el punto de que estaban casi ciegos. Mostraban sus miembros una blancura repulsiva, por ir cubiertos de una ceniza de harina, a la manera de los púgiles, que luchan después de salpicarse el polvo."

(Esta es una descripción de los esclavos que trabajaban en un molino de harina, hecha por el escritor Apuleyo, hacia el año 157 d.C.


"Ropa: una túnica de metro y cuarto de larga y una capa cada dos años. Cada vez que entregues una túnica o capa nueva, recoge la vieja, para que se remiende. Procura también que cada esclavo reciba un buen par de zuecos cada dos años."

Esto fue escrito por Catón en el 140 a.C. en su obra "Tratado sobre la agricultura" y en ella, como podéis ver, describe la cantidad de ropa que entregaba a los esclavos. Catón vivió entre los años 234 y el 149 a.C. y además de dueño de grandes fincas explotadas por esclavos, fue escritor, historiados y orador. Además de Catón otros muchos hombres ricos que tenían gran cantidad de esclavos escribieron sobre ellos.

Esta es la visión de unos historiadores modernos, R. Nichols y K. McLeish, en su obra "Bajo el punto de vista de los romanos".

"Por ejemplo, si un esclavo caía enfermo o era viejo, no era más útil a su dueño que un cacharro roto. Los amos más prácticos los enviaban a la arena para que alimentaran a los leones o los dejaban morir; a otros se les mataba en el sitio."

Esta opinión no proviene de ningún historiador moderno si no de un escritor romano, Varrón, que vivió entre los años 116 y 27 a.C. , y además de dedicarse a escribir era también un gran terrateniente. En su obra "Sobre la agricultura" dice lo siguiente:

"Hay tres tipos de instrumentos para el trabajo agrícola. El que habla (por ejemplo, los esclavos), el que no puede hablar (por ejemplo, el ganado) y el mudo (por ejemplo, los aperos de labranza."

No todo el mundo opinaba igual. Plinio el Joven, también escritor, que vivió entre los siglos I y II d.C., escribe lo siguiente en una de las muchas cartas que escribió a sus amigos:

"Siempre me preocupa que mis esclavos caigan enfermos y mueran, sobre todo los más jóvenes. Pero puedo darles libertad antes que mueran. Y también les permito hacer testamento."

Los romanos con el tiempo se dieron cuenta que era mejor un trato "adecuado" para los esclavos, aunque sólo fuera con vistas a su productividad. Varrón, al que ya conocemos escribe lo siguiente en el mismo libro:

"No deberías permitir que el ánimo de tus trabajadores estuviera demasiado alto ni demasiado bajo. No dejes que los capataces usen el látigo si pueden conseguir los mismos resultados infundiendo ánimos (a los que trabajan). No compres demasiados esclavos de un mismo país; pelean entre ellos. Comprobarás que tus esclavos trabajan mejor si los tratas bien y les das comida o ropa extra, días libres o permiso para que su ganado paste en tu tierra."

Aunque la situación de los esclavos parezca, y así lo sea, desesperada, las clases más bajas de la sociedad romana no estaban mucho mejor. Se dieron casos, y no pocos, de hombres libres que se vendieron como esclavos para "mejorar" su situación. Este hecho aparece relatado por el escritor Dion de Prusa:

"¿Cómo crees tú que podría yo convertirme en esclavo?"..... innumerables hombres libres se venden a sí mismos, así que por contrato se convierten en esclavos, ocasionalmente incluso en condiciones nada soportables y extraordinariamente duras."

Por muchas y diferentes causas la situación de los esclavos fue cambiando y mejorando a medida que avanzaba el imperio romano. El historiador Géza Alföldy escribe en su libro "Historia social de Roma":

"Claudio tenía por asesinato el dar muerte a esclavos viejos y enfermos y dispuso para ellos, caso de ser abandonados por sus dueños, que el estado les procurase atenciones y se les diese la libertad; Domiciano prohibió la castración de esclavos; Adriano prescribió asimismo la ejecución del esclavo culpable por su amo y hasta el encarcelamiento en cárceles particulares".

Como era natural, con el tiempo surgieron voces (aunque supongo que en todo momento habría quien pensaría lo mismo) que se levantaron en contra de la esclavitud. Una de ellas (la más ilustre, posiblemente) fue la de Lucio Anneo Séneca. De origen hispano (cordobés), vivió entre los años 4 a. C. y 65 d. C. Fue famoso filósofo y escritor y preceptor de Nerón, por quien fue obligado a suicidarse. Séneca escribió en una de sus epístolas:

"Servi sunt? immo homines! . Servi sunt? immo contubernales!. Servi sunt? immo humiles amici!


[2] ESPARTACO. LEVANTAMIENTOS DE ESCLAVOS.-

-Consulado de Mario. Levantamiento de los esclavos sicilianos (135 a.C.). Ocuparon casi toda la isla. Dura casi siete años. Vencidos finalmente fueron crucificados unos 20.000 esclavos.

-Capua. (Ciudad a unos 100 km. al sur de Roma). Año 74 a.C. Capua contaba con varias escuelas de gladiadores. Gladiadores--- elegidos entre prisioneros de guerra más robustos y violentos; esclavos insubordinados vendidos por sus amos, etc.etc.

-70 gladiadores armados forzaron la puerta de la escuela y se refugiaron en el Vesubio. Espartaco, (tracio, de familia noble, hecho esclavo, parece ser por una deserción del ejército romano al que pertenecía como aliado) hombre de fuerza y valor excepcional, su jefe. En poco tiempo se les unieron 10.000 partidarios.

-Su objetivo no era intentar cambiar el orden social, sino atravesar los Alpes y huir a las Galias para llevar una vida digna de hombres libres.

-La tarea más difícil de Espartaco era mantener la unión y la disciplina del ejército. Con frecuencia los esclavos se entregaban al bandidaje antes que doblegarse a la disciplina de un ejército.

-Como Aníbal, Espartaco condujo a sus hombres a través de toda Italia, derrotó a dos cónsules y amenazó a Roma. El Senado finalmente acudió a Marco Licinio Craso, el hombre más rico de Roma. (se había hecho rico con las proscripciones de Sila y con la especulación y compra de tierras).

-En la primera batalla la vanguardia de Craso se comportó como en los combates anteriores: arrojaron las armas y huyeron. Craso impidió la fuga, capturó a todos los cobardes y los diezmó. El ejemplo cundió y a la siguiente batalla Espartaco encontró más resistencia que nunca y tuvo que huir hacia el sur. Craso los siguió y los fue venciendo, ya sin formar un solo ejército, sino vagando por los campos en distintas bandas. Craso fue venciendo una tras otra a todas las bandas. Espartaco murió en la última batalla (71 a.C.) en Apulia. Luego siguió una terrible caza del hombre. 6.000 esclavos crucificados convirtieron la carretera de Capua a Roma en una vía macabra.

-El levantamiento de Espartaco (74-71 a.C.), que llegó a reunir 120.000 partidarios, no tuvo éxito (al igual que otros levantamientos de esclavos) porque, entre otras cosas, no estuvieron apoyados por los esclavos de las ciudades, mucho mejor tratados que los esclavos del campo y de las minas. Se trataba de esclavos rurales a los que se unían también pequeños campesinos arruinados. No todo eran esclavos. Tuvo una consecuencia positiva: los dueños de esclavos se dieron cuenta de que los malos tratos a los esclavos no favorecían ni las buenas relaciones entre amo y esclavo ni la productividad de estos, por lo que las condiciones de vida de los esclavos mejoran considerablemente a partir del levantamiento de Espartaco, gladiador tracio.

-Ni éste ni ningún otro levantamiento similar estaba destinado a subvertir el orden social de la República (los esclavos de Espartaco lo que querían simplemente era huir de Roma y en otros levantamientos los esclavos "esclavizaban" a sus dueños, lo que hacía que no se cambiara en absoluto el orden social) ni lo consiguieron. La República desapareció por las guerras civiles entre formaciones políticas del cuerpo ciudadano romano. Estas se inician con el asesinato de Tiberio Sempronio Graco, el primer derramamiento de sangre de la asamblea popular romana. Se cambió el marco político, pero no el social.

-Los esclavos. La esclavitud sólo tuvo oportunidad de desarrollarse en la medida en que se le asignó una función en el seno de la familia, marco de la vida política , social y económica. Los esclavos no tenían ningún derecho. Eran "res" y ·mancipium", es decir, posesión, pero estaban plenamente integrados en la familia, con cuyos miembros libres solían tener una estrecha relación. Su sometimiento a la autoridad del pater familias era similar al sometimiento a que estaban obligados la esposa y los demás miembros libres de la familia (el pater familias no sólo podía vender sus esclavos, si no que también podía vender como esclavos los miembros libres de su familia).

-¿De qué se nutría esta clase social?

-De la venta de hijos por parte de personas arruinadas.

-De personas que debían pagar con su esclavitud sus deudas.

-Posteriormente, prisioneros de guerra.

-Los propios hijos de los esclavos.

-No fueron abundantes, ni mucho menos, los levantamientos de los esclavos en contra del poder de los patronos. Mas importancia para la historia de Roma fueron los conflictos entre patricios y plebeyos. Entre los plebeyos había dos clases: agricultores arruinados por las continuas reparticiones de terreno generación tras generación, y los artesanos y comerciantes enriquecidos éstos por su trabajo: los primeros pretendían, frente a la nobleza, solucionar su situación económica, los segundos, equiparar su situación social y política con los patricios. En cualquier caso el enemigo común era el patriciado.

-Las familias dirigentes manumitían gran número de esclavos para que, una vez libres y ciudadanos, les pudieran apoyar en los comicios y en sus intereses políticos. Se fijó un impuesto (5% del valor del esclavo) para cada manumisión con el fin de impedir que estas fueran demasiado numerosas. No se consiguió.

-Grandes masas de esclavos con las guerras. En su conjunto, el tratamiento dado a los esclavos en la República tardía fue peor que el de cualquier otra época de la historia de Roma, anterior o posterior a ésta.

-La situación de esclavos y proletarios en Roma es bastante mejor que en el campo. En Roma se manumite con bastante facilidad. En el campo o en las minas era casi imposible que un esclavo fuera manumitido.

-Las diferentes revueltas de los esclavos no tuvieron éxito porque no eran los mismos los intereses de los distintos colectivos de esclavos (rurales, de Roma, etc.). Habían quienes, incluso, preferían conseguir la libertad por la vía legal de la manumisión.

-Los libertos y esclavos del emperador nada tenían que ver con los esclavos y libertos normales: solían tener elevadas fortunas y casarse incluso con mujeres libres de las altas capas de la sociedad romana. Con todo, su ascenso al orden equestre era difícil y al de senadores, imposible. El estigma de la esclavitud sí llegaba a todos los libertos y esclavos.

Ingeuus--- Hijo de liberto nacido después de la manumissio o simplemente hombre libre de la plebe.

-La población de esclavos era elevadísima. En tiempos de Augusto la población de Italia podía fijarse en 7. 500.000 de habitantes de los que 3.000.000 serían esclavos. Estas cifras son probables, aunque indemostrables.

-Datos reales de Pérgamo (mediados S. II): 40. 000 ciudadanos. Total, incluyendo mujeres y esclavos, 120. 000.

-La mayor o menor cantidad de esclavos que tuviera una familia dependía, sobre todo, de los precios de mercado de los esclavos. Hubo fluctuaciones y épocas en las que eran realmente caros.

-En la época de Augusto y sobre todo en los reinados posteriores ya no se contó con las posibilidades casi ilimitadas de los siglos I y II a.C. a causa de la desaparición de guerras con pueblos extranjeros. Casi todos los esclavos provenían del interior del Imperio (hijos de esclavos por ejemplo). No fue infrecuente la venta de hijos como esclavos de familias pobres e incluso la propia venta como esclavo.

-A partir de los primeros años de nuestra era empieza a cambiar el trato para con los esclavos : mejora notablemente (levantamiento de Espartaco, corrientes filosóficas, convencimiento de que rendirán más si se les incentiba y se les trata mejor, etc. incluso se dictan leyes que mejoran sus condiciones de vida: "Claudio tenía por asesinato el dar muerte a esclavos viejos y enfermos y dispuso para ellos, caso de ser abandonados por sus dueños, que el estado les procurase atenciones y se les diese la libertad; Domiciano prohibió la castración de esclavos; Adriano prescribió asimismo la ejecución del esclavo culpable por su amo y hasta el encarcelamiento en cárceles particulares".

-La relación y la situación de esclavitud-- manumissio, etc. llegó en un momento determinado a ser francamente curioso (ver páginas 192, 3 del libro).

-Los grandes latifundios poco a poco pasaron de ser trabajados según el sistema "servil" (esclavos) por el sistema de "colonato" (colonos que cogían tierras en sistema de arrendamiento).

-El número de esclavos se redujo por la imposibilidad económica de comprarlos o de mantenerlos. A diferencia de antes, no se compraban ni se recogían niños esclavos, ya que eso representaba una inversión a largo plazo que muy pocos se podían permitir.

Esclavos

Eran considerados como "res" (cosa).

Se podía tener la condición de esclavo por las siguientes circunstancias:

-Por nacimiento.

-Por ser hijo de esclava.

-Por derecho de conquista.

-Prisionero de guerra.

-Por deudas (en un principio) o por graves delitos.

Su número fue creciendo en Roma sin cesar.

Se daban tres situaciones fundamentalmente favorables para que se diera la liberación de un esclavo:

-A la muerte del esclavo para que ocupase sepultura de hombre libre.

-A la muerte de su amo ------testamento ------generosidad del amo.

-Comprando su libertad.

Normalmente los liberados por testamento recibían también alguna propiedad o patrimonio económico.

Muchos emancipados permanecían en la misma casa ocupando el mismo puesto pero con mayor dignidad.

Todos los libertos conservaban la fidelidad a los amos originales.

La acción por la que se liberaba a un esclavo se llamaba Manumissio.

Había varias clases de manumissio:

-Per vindictam: ante dos magistrados y un testigo. Se tocaba al esclavo con una barita (vindicta) en la cabeza y se le declaraba libre.

-Por la inscripción en el censo.

-Por testamento.

Luego aparecen fórmulas más sencillas y menos solemnes: una declaración ante los amigos, invitar al esclavo a la mesa, una carta notificándolo, etc.

ESQUEMA DE LAS CLASES SOCIALES.

Patricios--- desde siempre, hombres libres y ciudadanos completos

Clientes---- desde siempre, hombres libres

Plebeyos--- desde siempre, hombres libres; desde Servio Tulio ciudadanos incompletos; desde el 387 ciudadanos completos.

Libertos--- desde su emancipación, hombres libres; siempre ciudadanos incompletos.

Esclavos--- desde siempre; hombres no libres; no ciudadanos.



El subconsciente de Rajoy.

A contiuación inserto una carta mía dirigida a Rajoy que publicó "EL PERIÓDICO DE ARAGÓN" el pasado día 11 de octubre.

Al señor Rajoy suele traicionarle su subconsciente con más frecuencia de la que cree y, sin duda, de la que él quisiera. El el informativo de mediodía de hoy ha hecho unas declaraciones en las que, acusando una vez más al Presidente Rodríguez Zapatero de que España se rompe y de que aquí reina el caos más absoluto, afirma en un momento determinado más o menos textualmente que” aquí (en España, claro) ahora se discute del modelo de estado, se discute de la monarquía, se discute del concepto de nación, se discute…” y continúa enumerando una serie de cosas sobre las que “ahora” se discute. Felizmente, señor Rajoy, ahora en España puede discutirse de todo eso y de mucho más, porque, en democracia todo lo que atañe a la vida política es y debe ser objeto de discusión y de debate. Lo que sucede y lo peligroso es que quizás usted añore otros tiempos en los que mandaba en este país “el señor del bigotito” y entonces aquí, en España, únicamente podía discutirse de fútbol, de mujeres y de pocas cosas más.

 

También envíe esta carta al diario "EL PAÏS". No la publicaron, aunque sí recibí un mensaje por correo elctrónico de su director que adjunto a continuación.

Estimado lector:


Le agradezco el envío de su carta para su publicación en la sección de Cartas al Director. A pesar del interés de la misma, lamento que no haya sido seleccionada debido al exceso de originales que recibimos y a la falta de espacio.


Atentamente,


JAVIER MORENO
DIRECTOR

Otra vez aquí.

Otra vez aquí.

Después de una larga temporada sin asomarme a "esta ventana", vuelvo con la intención de ir "colgando" cosas nuevas y artículos y relatos no tan nuevos pero que pienso que ya les ha llegado la hora de que alguien los lea.

Antes de nada quiero dejar constancia aquí de mi sincero e infinito agradecimiento con todos aquellos y aquellas que, este verano pasado en el pueblo, me hablasteis de este blog (os aseguro que pensaba que no lo leía nadie) , me dijisteis que disfrutabais leyendo "mis cosas" y me animasteis a que continuara. Os aseguro que si estoy escribiendo esto se debe única y exclusivamente a esos comentarios que tanto me halagaron (no quiero ocultarlo) y tanto me animaron.

Quiero también explicar que el hecho de que haya dejado un poco de lado este blog no se ha debido ni a cansancio, ni ha desgana ni a olvido, ni a la suma de todoas esas cosas. Se ha debido, simplemente, a que he estado prácticamente desde las navidades de 2005 hasta el mes de junio pasado (año y medio aproximadamente) dedicado en exclusiva todo el tiempo que mis obligaciones familiares y profesionales me lo permitían a escribir una novela histórica ambientada en los "Sitios de Zaragoza" que me encargó la editorial Unaluna, la editorial que ha publicado mis dos últimos libros. Se trata de una novela que llevará por título "Luto de siete capas. Una histoira de la Guerra de Indepencia española", tendrá alrededor de 450 páginas y ha escrito el prólogo el profesor de la Universidad de Zaragoza don José Antonio Armillas. Precisamente he estado esta tarde con él. Me citó la semana pasada para hablar de algunas puntos concretos de la novela que quería consultarme. Estoy muy ilusionado pues igual al profesor Armillas que a otras cuatro personas que la han leído (historiadores y profesoras de literatura) les ha gustado muchísimo.

Si todo sale como espero, la novela se publicará a principios de 2008. Esta patrocinada por el Ayuntamiento de Zaragoza y la Fundación 2008 y formará parte, junto con otras cinco novelas de otros tantos autores, de una colección que se expondrá en la Expo 2008 de Zaragoza. Creo que el tiempo empleado ha merecido la pena.

"La "deuda". Relato con el que gané el primer premio del "III Certamen de Relato Corto Ciudad de Caspe".

La madera de pino crepitaba en el fuego sobre el hogar de la cocina a la vez que despedía unas llamas altas, cimbreantes y de un color que variaba, según la altura o la intensidad de la combustión, del blanco brillante al azulado pasando por un amarillo, unas veces pálido y otras más intenso.

Las llamas, voraces, destructoras y vivificadoras por igual, con la ayuda de las cuatro personas que, sentadas en sillas de madera de anea, rodeaban el hogar, proyectaban sobre la pared del fondo otras tantas sombras chinescas que oscilaban ligera y caprichosamente según el gusto arbitrario de las llamas.

Edelmiro, el abuelo, atizaba las brasas y trozos de madera que se escapaban del fuego, acercándolos con cariño a la base de la hermosa fogata que calentaba y alumbraba la cocina de la masada de “Los Antones”.

De vez en cuando Edelmiro, con la mirada fija y perdida en las entrañas de aquel prodigio de la Naturaleza, golpeaba suavemente con unas tenazas metálicas la madera incandescente y ésta, como indignada, disparaba un sinfín de diminutas chispas que se iban apagando a medida que subían chimenea arriba o después de desplomarse en la plancha de acero del hogar.

Los cuatro moradores de la masada permanecían en silencio frente al fuego en la acogedora y cálida atmósfera de la cocina con la mirada fija en el fuego y absorto cada uno de ellos en sus propios pensamientos, mientras, fuera, hacía una de esas noches que todo el mundo coincidía en calificar de “noche de perros”.

Todo el día había estado helando, “helando de verdad”, como también solía decirse por aquellas sierras, benditas y malditas.

Al frío se habían unido, a lo largo del día, no menos de media docena de borrascas de matacabras antes de girarse, a última hora de la tarde, una heladora ventisca, cruda y despiadada como pocas se habían visto en los últimos años por aquellos parajes.

El ganado, vacas y ovejas, un día más no había podido salir al monte, consumiendo, también un día más, los escasos recursos de grano y forraje que quedaban almacenados en los espaciosos graneros y pajares de la masada y hasta había sido necesario, en varias ocasiones a lo largo del día, romper el hielo que cubría el agua de los abrevaderos para que los animales pudieran beber.

El estampido provocado por una ventana mal cerrada y empujada por el viento les obligó a suspender sus meditaciones y a volver a la realidad de aquel tiempo cruel e inclemente.

-Sube a cerrar la ventana, hijo – pidió Domingo a su hijo.

-Sí, padre – respondió éste -. Y tras levantarse, subió en dirección a los graneros, lugar de donde procedía el ruido de la ventana que se repitió en un par de ocasiones antes de que Juan cerrara la ventana y pasara el pestillo.

-¿Sigue igual? – preguntó el abuelo al muchacho, de nuevo ya en la cocina.

-Sí, abuelo.

-Mala noche, rediós, mala noche – exclamó este último.

-Mala noche y mal año, padre ¡si sólo fuera esta noche!

El silencio, junto con el fuego, volvieron a reinar en la amplia cocina de la masada a la vez que se intensificaban en las conciencias de aquellas cuatro personas los lamentos, las imprecaciones y las súplicas más sinceras.

-Si esto sigue así – dijo de pronto Domingo como si continuara inmerso en sus pensamientos –, no tenemos comida ni para quince días. ¡Maldito tiempo y maldita tierra!- acabó diciendo a la vez que arrojaba al fuego la diminuta colilla, prácticamente papel y nicotina, del cigarrillo que se había liado muchos minutos antes.

-No protestes, Domingo; Dios nos ayudará, ¡siempre nos ha ayudado! – dijo Eulalia, esposa de Domingo, nuera de Edelmiro y madre de Juan.

Domingo estuvo a punto de contestar con un disparate, pero la cristalina y serena mirada de su mujer se lo impidió.

-Tiene razón tu mujer, Domingo – terció Edelmiro -; siempre hemos salido de apuros como éste y también esta vez saldremos. No hay mal que cien años dure.

-Nunca hemos estado como ahora, padre, y usted lo sabe. Llevamos un año en que no hemos hecho más que padecer, ¡un año entero! Del final del invierno pasado, mejor no hablar; durante la primavera no cayó una gota, ¡ni una gota! Se secaron las fuentes, se abrasó el monte, se perdió la cosecha, apenas si recogimos un par de simientes, y si la primavera fue seca, el verano, fuego: un par de tronadas que no arreglaron nada y ...calor, calor y calor. Fuego, fuego y más fuego que acabó con todo: forrajes, prados, pastos y los pocos frutales que teníamos. ¿Otoño?, no ha habido otoño, no ha habido agua y el invierno... el invierno ha empezado como acabó el pasado, con heladas, aire, matacabras y ventiscas; ¿así saldremos? – se preguntó Domingo mirando primero a su mujer y luego a su padre –. A este paso no tendremos nada que dar de comer a los animales y, lo que es peor, no tendremos ni qué llevarnos nosotros a la boca. Y a mí... Yo con poca caso paso; me mantendría con raíces, pero las criaturas...

Al oír esto a Eulalia le vinieron a la mente sus dos hijas, Teresa y Amparo, las criaturas que su marido había mencionado.”¿Qué estarán haciendo ahora mis pequeñas?”, pensó Eulalia.

Teresa y Amparo habían sido fruto, por supuesto, del amor, pero también de un descuido. Habían sido como “el tardano” que llegaba a muchas familias, pero multiplicado por dos y en versión femenina.

Cuando no hubo dudas sobre el embarazo, el disgusto y la desazón familiares, sobre todo de padre y madre, fueron considerables, aunque no todo lo mundo lo vio así.

-Pues si Dios lo ha dispuesto así, será porque nos conviene – dijo Mª Antonia, la abuela paterna que apenas vivió lo justo para conocer a sus nietas: tres meses pudo disfrutar acariciándolas.

Y el disgusto se multiplicó por dos cuando en el parto D. Jeremías, el médico, dijo segundos después de dar envuelta en una toalla la primera de las mellizas a su abuela materna.

-Algo me dice que no hemos terminado.

A Eulalia, como a toda hembra en lo concerniente a la maternidad, no le cogió por sorpresa aquel comentario del médico.

-Viene algo más, ¿verdad, Don Jeremías?- dijo la mujer en medio de los sudores y de los dolores del parto.

-Sí, Eulalia y lo que viene será otra zagala o un zagal.

-¡Que venga lo que Dios quiera! – dijeron casi al unísono Eulalia y Ramona, su madre.

Habían pasado ya cinco años de aquellos momentos en los que la preocupación y el disgusto por el indeseado embarazo se habían convertido en un doble... no, en un céntuplo motivo de alegría al ver aquellas dos caritas rosadas que ahora, cinco años después, eran las verdaderas reinas de la casa.

“¿Qué harán a estas horas?” volvió a preguntarse la madre.

A esas horas Teresa y Amparo ya llevaban un buen rato en la cama, durmiendo.

Durante el tiempo que duraba el curso escolar, las niñas vivían en el pueblo con Ramona, la abuela materna, en la casa en la que ésta había vivido toda su vida.

En las épocas en las que el tiempo lo permitía, las niñas y la abuela iban el sábado a la masada para estar allí hasta el lunes por la mañana, pero en los crudos meses del invierno lo habitual era que, igual que otros niños y niñas del resto de las masadas, se quedaran en el pueblo.

“¿Cómo estarán mis hijas? “ se preguntó Eulalia de nuevo.

-Pero las criaturas...- volvió a repetir Domingo haciendo regresar a su esposa a la realidad-, no sería justo que tuvieran que pasar hambre.

-No pasarán hambre, Domingo; ¡Dios nos ayudará! – repitió convencida la mujer.

Edelmiro, poco amante del olor a incienso, su hijo y su nieto callaron. Ni creían ni descreían; sólo sentían que algo no estaba siendo justo con ellos.

-Si al menos hubiera en casa un buen puñado de duros para poder comprar comida..., pero tenemos el mismo dinero que suerte, ¡nada!

-No te mortifiques, Domingo, por Dios. Un día u otro esto se arreglará.

-Tiene razón, madre – se atrevió a decir Juan -; trabajando saldremos adelante, ya lo verá, padre.

Y para cambiar el rumbo de la conversación, pidió a su abuelo lo que le pedía casi todas las noches:

-Abuelo, ¿me cuenta alguna historia de las que usted se sabe?

Edelmiro accedió encantado:

-A ver si me acuerdo de alguna que...

Unos golpes a la puerta de la masada dejaron al abuelo con la palabra en la boca.

-¿Quién será a estas horas y con esta noche? – se preguntó Domingo en voz alta.

Los cuatro se quedaron mirando y, antes de que ninguno diera algún tipo de contestación, se oyó una nueva sucesión de golpes mucho más fuerte que las anteriores.

-¿Quién será? – se preguntó ahora el abuelo - . Con lo que está cayendo seguro que el que llama tiene muchas ganas de que le abramos.

Juan se levantó inmediatamente con la intención de bajar a abrir la puerta.

-No, hijo, iré yo – se adelantó Domingo a su hijo -. No sabemos quién puede ser.

-Te acompaño, padre – dijo Juan esperando junto a la puerta de la cocina.

-Como quieras.

Los dos hombres bajaron las escaleras a buen paso y, tras abrir Domingo decididamente la puerta, se encontraron frente a frente con una persona cuyo sexo era imposible reconocer a simple vista, ya que iba completamente embozado y con la cabeza íntegramente cubierta por un chal oscuro, pero que, por su corpulencia y complexión, no dejaba lugar a dudas de que se trataba de un hombre.

Encogido frente a la puerta y cubierto enteramente por la nieve de la ventisca que azotaba inmisericorde todo cuanto había al raso, la figura de aquel ser daba una idea exacta de lo que estaba pasando fuera de la masada.

-Pase usted. Se está helando - dijo Domingo.

El hombre entró al zaguán y el muchacho cerró inmediatamente la puerta con llave y un par de pestillos.

-Quítese esto – dijo Domingo al recién llegado señalándole la capa y el chal con los que se había abrigado hasta ese momento –, aquí no le van a hacer falta.

Con la ayuda del padre y del hijo, el forastero se desprendió de las dos prendas.

-Esto pesa una arroba- exclamó Domingo mientras colocaba, una tras otra, las dos prendas completamente mojadas en una especie de percha de madera de enebro que colgaba del techo en uno de los rincones del zaguán.

-Gracias – dijo el aparecido -. Han sido ustedes muy amables. Resultaba difícil aguantar mucho más rato ahí fuera. Gracias de nuevo – repitió el extraño, un hombre alto y fuerte, cuya edad era difícil determinar por su larga barba y su cabello igualmente largo aunque, tanto una como el otro cuidadosamente cortados y arreglados.

-Vaya nochecita para viajar, ¿se ha perdido usted? – preguntó Domingo, aunque sin dar tiempo para contestar al recién llegado -. ¡Déjelo!, ya hablaremos arriba. Ahora vamos a la cocina y arrímese al bien fuego para calentarse.

-Buenas noches – saludó el forastero a Eulalia y Edelmiro que se levantaron al ver entrar al desconocido junto a Domingo y su hijo.

-Buenas noches tenga usted – respondieron ambos al unísono.

-¡Ande!, ¡siéntese! – dijo Edelmiro acercando una silla al forastero.

-Gracias – dijo el hombre y se sentó junto al abuelo - . Ya les he mostrado mi agradecimiento cuando me han abierto su casa. Les agradezco de nuevo su hospitalidad. No es ésta una de esas noches que apetezca pasarlas al raso.

-En esta casa no se ha negado nunca ni agua, ni comida y abrigo cuando se nos ha pedido.

-Eso les honra – contestó el desconocido a Edelmiro.

El forastero acercó las manos al fuego y las refregó repetidas veces. Los cuatro moradores de la casa lo observaban e intentaban adivinar su edad, pero ninguno de ellos, debido a sus barbas, a sus cabellos y a su manera de conducirse se atrevía a dar, en su fuero interno, una cifra concreta entre los sesenta y los ochenta años.

-¿Ha cenado usted? – preguntó la mujer rompiendo el silencio.

-No, pero no debe usted preocuparse. Llevo aquí en el morral...

-Falta le hará lo que lleve en el morral cuando se vaya de aquí; ahora – dijo Domingo – coma de lo hay en casa.

-Eulalia, saca algo para cenar a este buen hombre y usted, padre, rellene la bota; unos buenos tragos de vino le devolverán el alma al cuerpo.

El forastero accedió y entre silencios y triviales comentarios de unos y de otro sació su hambre y su sed.

-Ya perdonará – dijo Domingo cuando el extraño hubo acabado de cenar –, pero no es muy corriente en noches como la de hoy andar por estos parajes. ¿A dónde va usted? Sabiendo sus intenciones, podremos decirle si va usted bien o se ha perdido.

-No me he extraviado, se lo aseguro – dijo el forastero con amabilidad.

-Entonces, ¿venía usted aquí?

-Camino de donde voy, sí – respondió con franqueza.

De alguna manera todos sintieron la misma curiosidad de hacer la siguiente pregunta, pero el aplomo, la serenidad y la seguridad con las que el forastero contestaba a todas y cada una de las preguntas que se le hacían, se lo impidió. No obstante, el abuelo no pudo evitar el continuar investigando algo sobre el recién llegado.

-¿Ya había estado usted por estas tierras?

-Sí – contestó el hombre con una beatífica sonrisa.

-¿Ya hace mucho o...?

-Sí, hace mucho, tanto que, si he de serle sincero, es como si no hubiera estado.

-Entonces... no se acordará usted de nada.

-No todo lo que conocemos lo hemos visto con nuestros propios ojos; hay veces que vemos por medio de los ojos de otros, y ...- sonrió el forastero – los montes, las vaguadas, los ríos, los caminos, los bosques, las masadas no aparecen y desaparecen o cambian de lugar de un día para otro. Le aseguro que conozco todas estas sierras... por lo menos como usted.

-Y, ¿de dónde viene usted? – preguntó inocentemente Juan, el muchacho.

-De lejos. De muy lejos.

Viendo Eulalia que las continuas evasivas y las enigmáticas contestaciones de aquel hombre estaban intranquilizando a los hombres de su familia, para evitar posibles preguntas comprometidas que pudieran enrarecer más el ambiente, decidió cambiar totalmente el rumbo de la conversación.

-Cuando usted ha llegado – dijo la mujer dirigiéndose al forastero –, el padre de mi marido estaba a punto de contarnos a todos una de las muchas historias que ha vivido o que ha aprendido en esta masada, ¿le apetece escucharla?

-Me encantaría – afirmó el hombre con una leve sonrisa.

Edelmiro continuaba pensando en las enigmáticas respuestas de aquel extraño personaje y no había decidido todavía qué historia contar.

-¡Ande, abuelo!, no se haga de rogar y cuéntenos una historia – le urgió su nieto.

-Bien – dijo finalmente Edelmiro -. Esta historia vosotros ya la sabéis, pero este buen hombre puede que no. Resulta que una noche...

Y con la habilidad y facilidad narrativa que poseía el abuelo, dotando a su relato de los silencios, susurros, exclamaciones y dosis de intriga necesarias, contó una vez más la historia en la que, obligado a quedarse solo en la masada, estuvo toda la noche con la escopeta de caza en la mano escuchando los extraños y estremecedores ruidos que varias fieras hacían con sus garras en la puerta de la masada y comprobando al amanecer de la mañana siguiente que, efectivamente, habían sido dos enormes lobos que aún vio fugazmente alejarse con la llegada del día y perderse en un bosque cercano, lobos que, por otra parte, nunca antes habían rondado ni volvieron a rondar por aquella masada ni por ninguna de las masadas cercanas.

El silencio se adueñó de nuevo de la cocina cuando Edelmiro acabó su historia.

Seguro – añadió segundos después el abuelo dirigiéndose al forastero -que si usted conoce tan bien como dice estas sierras y estas masadas también conoce alguna historia que nos pueda contar.

-Por supuesto que sí – contestó el hombre sonriendo levemente y consciente del pulso que le echaba Edelmiro -. Sé muchas, aunque posiblemente no tantas como usted. Entre ellas hay una que me emociona especialmente y que estoy seguro de que a todos ustedes también les conmoverá.

-¿Nos la cuenta?- preguntó ilusionado Juan.

-Claro que sí, muchacho. Verán ustedes. Había una vez en estas sierras una masada llamada la masada de “El Cielo” en la que vivía una joven muy hermosa llamada Virtudes.

-Virtudes– siguió narrando el forastero – tenía el nombre más apropiado que podían haberle puesto sus padres. Estaba adornada de todas las cualidades y gracias que puede desear una persona, en este caso, una mujer: hermosa..., hermosa no, hermosísima; sus largos cabellos negros eran una verdadera obra maestra de la madre Naturaleza; unos ojos verdes tan grandes como bellos; discreta; cariñosa; graciosa y simpática; trabajadora; hábil tanto con el ganado y los útiles de labranza como con la rueca y todos los utensilios propios de las mujeres con los que tejen, cosen y remiendan.

-No le faltaba nada a aquella moza, la hija más pequeña de una familia humilde, cuyo padre ansiaba, de manera desmedida y a cualquier precio, salir de la pobreza.

-Ni qué decir tiene que no le faltaban pretendientes a la hermosa Virtudes.

-Uno de ellos – continuó el forastero ante la expectación de su auditorio- era Julián. Este mozo, igualmente bien parecido, era el hijo único de los dueños de la masada más grande y más rica de toda la contornada: la masada de “Los Siete Cerros”.

-Julián, siempre montado en un hermoso caballo bayo, gastaba todas sus energías y su tiempo en conquistar el corazón de Virtudes.

-“¿Trabajar?” – decía este donjuán cuando alguien le preguntaba por su continua holganza – “¡Que trabajen los jornaleros!, para eso les paga mi padre.”

-Había, claro está, muchos más jóvenes que hubieran dado su alma por poder conquistar el corazón de Virtudes, pero ninguno se hacía la más mínima ilusión sabiendo que Julián vivía únicamente para enamorar a Virtudes. Su prestancia, su caballo y su dinero espantaban a cualquier otro pretendiente de la hermosa Virtudes.

-Por otro lado, todo el mundo conocía también el carácter violento de Julián que hubiera hecho cualquier cosa para evitar que algún mozo intentara seducir a la que consideraba como una propiedad particular suya.

-Había, con todo, un mozo de la misma edad que Virtudes, que era el único que tenía un trato continuo y de verdadera y franca amistad con Virtudes. Su nombre era Francisco, el hijo mayor de la masada de “Las Lomas”.

-¿Cómo era posible que Francisco pudiera acercarse con tanta familiaridad a Virtudes sin que Julián hiciera algo para evitarlo? – se preguntó el hombre.

-Francisco y Virtudes se habían criado prácticamente juntos al estar sus masadas colindantes y se había generado entre ellos una amistad fuerte y tierna a la vez y Virtudes, ante las suspicacias de Julián, había amenazado a éste con dejar de verlo si continuaba recelando de su amistad con Francisco. Julián tuvo, pues, que ceder.

-No se sabe si Francisco estaba o no enamorado de Virtudes, algo que, por otra parte hubiera sido lo más natural; lo que sí es cierto es que nunca le mostró a la moza otro cariño que no fuera amistoso y fraternal, posiblemente porque él quiso corresponder a la muchacha con el mismo amor y cariño que ella le profesaba: una amor de hermanos.

-Con el tiempo, el galante acoso de Julián empezó a dar sus frutos y aunque en el fondo Virtudes era consciente de que ella siempre sería más feliz con un hombre como Francisco, sin embargo, el atractivo, el caballo y las riquezas de Julián fueron minando poco a poco los escrúpulos que la moza tenía ante la, casi siempre, orgullosa fanfarronería de Julián.

-Y mientras el acoso continuaba, ni una ni el otro eran conscientes de las intenciones y los deseos que los padres respectivos tenían del uno o de la otra.

-Román, el padre de Virtudes, estaba encantado con el interés, tantas veces probado, que Julián tenía por su hija. Era, al fin y al cabo, el mejor partido que podía conseguir y así se lo hacía ver una y otra vez y días tras día. Julián tenía, pues, en el padre de Virtudes a su mejor aliado.

-Por el contrario, Moisés, el padre de Julián, había amenazado a su hijo con desheredarle si se casaba con aquella zagala hija de unos muertos de hambre. Y también se lo recordaba día tras día.

-Pasó el tiempo; la relación de Julián y Virtudes se fue haciendo cada vez más íntima y un buen día la muchacha, la hermosa Virtudes, tuvo que decir a quien ya había sido más que pretendiente, que esperaba un hijo suyo.

La reacción de Julián fue la del vil canalla que era en realidad.

-“¿Mío? Ese hijo puede ser de cualquiera. Seguro que te has refocilado con los mozos de todas las masadas de la contornada”.

-Desesperada Virtudes por la reacción de Julián, busco refugió en su familia, pero no encontró el consuelo que buscaba. Muy al contrario. Su padre, al saber de su estado y que Julián la había rechazado, dando por válidas las acusaciones de éste, echó de la masada a la desconsolada y destrozada Virtudes.

-“¡Fuera ahora mismo de esta casa, desgraciada! No has hecho más que deshonrar el buen nombre de nuestra familia.”

-Salió, pues, Virtudes de su casa con un pequeño hato de ropa a las costillas y su hijo en el vientre camino de todos y de ningún sitio y, poco antes de empezar a subir el puerto que la separaría definitivamente de su tierra, se encontró con Francisco que guardaba su pequeño rebaño de ovejas en unos eriales junto al río.

-“¿A dónde vas, Virtudes?” – preguntó el zagal preocupado por el aspecto triste y desolado de su amiga.

-La muchacha se echó a llorar y contó a su amigo, la única persona que había en el mundo que la quería y comprendía, todo lo que le había sucedido.

-“Guárdame el ganado, Virtudes, y espérame. No tardaré en volver” – dijo Francisco a la zagala cuando ésta hubo terminado su relato.

-Virtudes obedeció. ¡Qué más le daba salir de allí una hora antes o después!

-Francisco echó a correr y llegó poco después jadeante a su masada.

-“Padre – dijo el muchacho a Miguel, su padre - , ¿cuánto dinero hay en casa?”

-“Con la última venta de los terneros y los corderos, hemos sacado un buen puñado de duros, pero lo necesitamos para...”

-“Padre – interrumpió Francisco a Miguel - , necesito ese dinero; a cambio estaré toda la vida trabajando para la casa sin pedir nada. Podrá quedarse con la masada mi hermano Tomasico. Le cedo mis derechos.”

-El padre preguntó a su hijo por el motivo de aquella repentina y urgente necesidad de tanto dinero y el muchacho relató a su padre lo que Virtudes le había confesado poco más de media hora antes.

-“Ten el dinero, hijo, pero sin condiciones. Tú seguirás siendo el hereu de la masada” .

-Francisco volvió al lugar donde había dejado a Virtudes y en una taleguilla de lienzo le entregó todo el dinero que tenían los moradores de la masada de “Las Lomas”.

-Virtudes se resistió, pero Francisco la convenció para que aceptara el dinero.

-“Ésta es una deuda muy grande que tengo a partir de ahora contigo y tu familia – dijo ella entre lágrimas, antes de abrazar y besar a Francisco en las mejillas.”

-“No me debes nada. Tú no me has pedido nada, así que nada me debes”.

-“Pero te lo devolveré. Te juro que te lo devolveré.”

En ese instante, el forastero detuvo su relato ante la expectación de todos.

-Se sabe – continuó un poco después - que con el dinero de Francisco, Virtudes llegó a la Argentina. Allí tuvo su hijo y se casó con un gallego, también emigrante y entre los dos lograron empezar un negocio que se convirtió en una verdadera fortuna más adelante ya en manos de sus descendientes.

-En cuanto a Francisco... también se sabe que se quedó en la masada y que se casó con una zagala casi tan guapa y tan agraciada como Virtudes.

-¿Y Julián? – preguntó el muchacho segundos después de que el forastero diera por finalizado su relato y se hiciera un silencio que nadie se atrevía a romper.

-Festejó con media docena más de mozas y siempre mantuvo su orgullo y su prepotencia. Un día, siendo aún bien joven, junto a su caballo pastando, lo encontraron colgado de un pino. Se había ahorcado.

El relato del forastero impresionó tanto a sus anfitriones que decidieron dar por finalizada la velada.

-Mañana será otro día – dijo Eulalia a la vez que, abriendo la ventana, veía que la ventisca había dado paso a una benefactora y plácida nevada.

-Si no les importa –dijo el forastero después de que todos comprobaran felices el cambio de tiempo –, les agradecería que me permitieran dormir en la pajera; la noche...

-¡Ni hablar! Mi mujer le preparará una cama.

-¡Por favor! ¡No se molesten! – dijo con seguridad el forastero-. No deben preocuparse, créanme. Dormiré en la pajera.

Contra la voluntad de Domingo y Eulalia, así se hizo.

A la mañana siguiente se levantaron muy temprano los moradores de la masada.

Ya hacía un buen rato que había dejado de nevar y el cielo estaba enteramente claro, pero la nevada había sido realmente copiosa.

Mientras Eulalia encendía el fuego y se disponía a preparar los almuerzos, su marido y su hijo se felicitaban, mirando por la ventana, del afortunado cambio de tiempo. Sin embargo, la alegría de los tres contrastaba con el semblante circunspecto de Edelmiro. Esta situación no pasó inadvertida para Domingo.

-Padre, ¿qué le pasa? No sé... no le veo a usted muy...

Después de mirar uno tras otro a Domingo, Juan y Eulalia, se levantó, se acercó hasta la puerta que daba acceso a las escaleras, echó un vistazo y volvió a sentarse.

-¿No notasteis algo extraño en el hombre que se presentó anoche aquí?

-No, nada, aparte de que no tenía ninguna intención de decir ni quién era, ni de dónde venía, ni adónde iba – contesto sonriendo Domingo.

-No os disteis cuenta de nada, pero... ese hombre... ese hombre...

-¿Qué, padre? – preguntó Domingo al ver las vacilaciones de su progenitor.

-Pues que esa historia ya la conocía yo.

-¿Y por qué no nos la había contado usted? – preguntó su nieto.

-Porque...porque... – el hombre volvió de nuevo a vigilar las escaleras – ese hombre ha cambiado todos los nombres, pero esa historia sucedió aquí.

-¿Qué dice usted? – preguntó sorprendido Domingo.

-Sí, hijo. Esa historia sucedió aquí. El Francisco del cuento era en realidad Mariano, mi padre, tu abuelo. Todo esto me lo contó mi madre poco antes de morir. Después de aquella tragedia, todo el mundo quiso olvidar la historia de Ramón y María, que así se llamaban realmente Julián y Virtudes.

-Nadie contó nunca aquella historia y cayó en el olvido, pero mi madre quiso que yo supiera lo que mi padre había hecho por María.

Domingo, Eulalia y Juan quedaron estupefactos.

-Convendría que hablara usted con ese hombre – dijo por fin Eulalia.

-Sí. Creo que sí. Ahora comprendo – contestó Edelmiro -por qué no quería decir su nombre, ni de dónde venía ni a dónde iba, pero ahora necesito saber todas esas cosas.

El abuelo bajó lentamente por las escaleras en dirección a la cuadra y a la pajera y muy poco después de que alcanzara estos lugares se le oyó gritar desde la cuadra:

-Bajad, el forastero ya no está.

Padre, madre e hijo bajaron al instante hasta la pajera y, cuando llegaron, pudieron comprobar, aunque todavía no se veía bien, que el forastero ya no estaba allí.

Se dirigieron a la puerta de la masada y vieron cómo los pestillos estaban despasados y la cerraja abierta. Al abrir la puerta, unas nítidas huellas marcadas sobre el blanco manto de nieve que había caído aquella noche y que partían desde la misma puerta de la masada, corroboraron lo que era evidente.

Volvieron a la pajera y entonces vieron lo que no habían visto momentos antes.

-Se ha dejado el morral – dijo Juan.

-Es verdad . Tráelo. Lo subiremos arriba por si vuelve por él.

El muchacho cogió el morral y, al intentar levantarlo, se quedó totalmente sorprendido.

-¡Padre!, ¡pesa mucho!

-¡Cómo puede pesar mucho un morral! Anda, trae, lo subiré yo.

-¡Rediós! – dijo Domingo al cogerlo –, ¡es verdad! Pesa como un muerto.

Edelmiro, el abuelo, empezó a sudar.

-Abrid el morral – dijo completamente alterado.

-¿Qué dice usted, padre? – protestó Domingo que no entendía la reacción de su padre ni compartía la decisión de abrir un morral ajeno.

-Que lo abráis, ¡cojones!

Domingo miró a su padre y vio en sus ojos miles, millones de razones para abrir aquel zurrón. Así lo hizo. Dentro había una bolsa de lienzo tan grande como el morral de la que salieron un buen montón de monedas de oro junto con una nota que decía escuetamente: “Lo prometido es deuda. Gracias infinitas”.

Premio "III Certamen Literario de relato corto Ciudad de Caspe".

Premio "III Certamen Literario de relato corto Ciudad de Caspe".

El pasado 16 de abril me comunicaron por teléfono que había sido galardonado con el primer premio del "III Certamen Literario de relato corto Ciudad de Caspe". Debo confesar que mi alegría fue enorme.

Cinco días más tarde, el 21 de ese mismo mes, acompañado de Ana, mi muier, de Javier y José María, mis dos hijos y de Mª Jesús y Manolo, dos buenos amigos, acudimos a Caspe donde recibí el citado premio.

Quiero agradecer desde aquí la amabilidad y el cariño con el que fuimos tratados tanto por las autoridades de Caspe como por todas las personas con las que coincidimos en la ceremonia de la entrega de premios.

LAS ENRAMADAS. UNA EMOTIVA TRADICIÓN HERIDA

 

Vaya este corto preámbulo para quien desconozca esta hermosa tradición de “las enramadas”En Molinos, en la provincia de Teruel, y también en algunos otros pueblos de nuestra provincia (sé que los hay pero no me atrevo a citar ninguno por temor a equivocarme) la madrugada del sábado al domingo de pascua los mozos van al pinar, cortan un pino y tras llevarlo al pueblo lo plantan frente a la fachada de la casa donde vive la moza que les gusta. Horas más tarde el mozo se identifica en la casa en la que ha puesto el pino mostrando así el interés por la moza que habita en la casa y ésta le ofrece una copa y pastas. Esta era la tradición tal y como la conocimos la gente de mi edad cuando nosotros éramos niños. Los mozos más “echados para adelante” hasta colgaban del pino o del chopo elegido y cortado alguna perdiz o algún conejo cazado en el monte a propósito para la ocasión y, como entonces las calles no estaban pavimentadas, hacían un buen pozo en la calle y lo plantaban literalmente frente a la casa de su moza. La rivalidad era grande por poner el mejor pino o el mejor chopo y, como es de imaginar, había mozas que se veían sorprendidas el domingo por la mañana con varias enramadas, a cual de ellas más alta y adornada y otras tenían que conformarse con ver la de la vecina.En la actualidad es una tradición mantenida prácticamente por niños y mozalbetes de menos de veinte años y ya no es un chico el que, individualmente, pone la enramada a la chica que le gusta sino que toda una cuadrilla de niños o chavales ponen conjuntamente las enramadas a todas las niñas o mozuelas de su misma edad. Por la mañana todos en tropel visitan todas las casas donde han puesto ramo (actualmente ya no suelen ser árboles enteros sino ramas más o menos grandes) y son obsequiados con bebidas y comida apropiadas a su edad. 
VIAJE POR LA MEMORIA. LAS EN RAMADAS.
(Este  artículo, relato o como se tenga a bien calificarlo lo escribí cuando todavía no había nacido Javier, mi segundo hijo y José María, el primero, era todavía demasiado pequeño para pensar en enramadas. Con el tiempo,  he caído en los mismos vicios o defectos que critico al final del escrito. Con todo, pasados los años, suscribo todo lo que escribí en su día)             
La paja se va metiendo poco a poco por el cuello y por la cintura a medida que avanza la duermevela hasta llegar, como se dice vulgarmente, "hasta la canaleta el culo", y más abajo. Y pica. Pica mucho. Y es peor rascarse y moverse porque, así, la paja avanza más. Pero da igual. Quizás no lo sepan, y si lo saben no les importa. Al fin y al cabo, hay que pagar un precio por dormir (para algunos la primera vez en su vida) fuera de casa y en un lugar tan apropiado como es un pajar.
Tampoco abunda la ropa, pero entre abrigos, jerseys y unos viejos mantones de lona de color indefinido, viejos y cansados de acarrear paja, recoger olivas y otros menesteres parecidos, se ha podido conseguir cierto ambiente cálido en el pajar. Puede ser, no obstante, que ese calorcillo no lo haya conseguido la ropa, sino el continuo roce juguetón de unos cuantos cuerpos que rozan por arriba o por abajo la barrera de los primeros 10 años.
La noche va pasando lenta, muy lenta y su lentitud va venciendo algunos párpados que se resisten con todas sus fuerzas a bajar por última vez aquella noche. Uno de ellos no consigue que sus párpados estén a la altura de las circunstancias.           
-"¡Eh!, ¡tú! ¡eh!".... ¡Se ha dormido!"
-"Pues despiértalo"- contesta otroAntes de que al primero le dé tiempo a pensar cómo hacerlo, contesta el semivencido:
-"De eso nada!. Cerraba los ojos porque se me ha metido algo en un ojo."
-"Sí, sí......"
-"Vale ya" -suena una voz del fondo-. Tampoco estaría mal dormir un poco, ¿no?"
-"¡Pero si son ya las cinco!"
-"¿Seguro?"
-"¡Tú!". ¡Enciende una cerilla! ¿Quién lleva reloj?"
-"Yo".
-"Pues mira qué hora es".
-"Las cinco y diez".
-"¿Lo ves?"
-"No apagues, que éste se quiere fumar un cigarro".
-"De eso nada -contesta el dueño del pajar-. Si quieres fumar, te sales fuera."
-"Es que hace frío- contesta el del paquete de "Celtas".
-"Pues te jodes".
La cerilla se apaga y la paz vuelve, al menos momentáneamente, a la improvisada cama comunitaria.
Las seis ha sido la hora fijada para empezar a poner las enramadas. Ya falta poco, pues. Pero el ritual  (otra vez el rito) ha empezado mucho antes. A primera hora de la tarde del sábado, planificación, logística e intendencia:

"¿Al roblar?, ¿a la Calavera? ¿al Masetico? ¿a Santa Lucía? ¿algún árbol cercano?. Decididamente al roblar. Está más cerca y  no hay problemas de buenas ramas. ¿Estrales? -"Mi padre no me la deja. Perdí la otra el año pasado". "¿La tuya?". "Bien, la traeré, pero sólo cortaré yo. Si la llevo esportillada, me matan". "Yo traeré dos viejas de mi abuelo, total, ya no se entera." "Bueno, con cuatro vale". "¿Sogas? ¿cuerdas?" "Con dos largas será suficiente"."¿A qué hora?". "A las 5 para allá, así volveremos ya casi de noche y no nos verán.¿Dónde las escondemos? "En tu corral de las eras. "No, allí no. La cuadrilla de mi hermano las deja en el corral de al lado. ¿En tu corral? No, ahora hay reses. ¡Lo tengo! ¡En el corral de detrás del mío. Sé dónde esconden la llave!". De acuerdo".¿Los Celtas?" ¿Quien los compra? "Que vaya éste, que su padre fuma Celtas". "Está bien, pero tenéis que darme dinero". "Vale". Cada uno da lo que tiene y aún queda para unos sidrales y unas galletas de vainilla.

Poco después, el trabajo se hará con alegría y entre bromas, pero con meticulosidad: -"Ésta para tu vecina" -¡Pero si no quiere bailar nunca! -"Sí, sí, pero el año pasado nos dieron buena copa". -Ésta para Juanita. Esta otra para Pepita.¿Le ponemos a Dorita.? -"No cortes esa que es muy gorda"... -¡Pues la llevarás tú". -"Bueno" -¡"Ah!, la quiere tan grande para la rubita, porque le gusta!" -"¡También a ti!" -¡Y una mierda!". -¿Esa para quien es? -Para Julita. -Yo a esa no le pondría". -"Bueno, da igual".                        Cuando Santa Bárbara sea sólo un recorte oscuro en el cielo de ese Sábado Santo que acaba, pequeñas nubes de polvo irán jalonando y avanzando poco a poco por el camino de tierra del roblar en dirección a las eras. Otras ramas de otras cuadrillas producirán el mismo efecto en otros caminos y otras sendas. Luego vendrá el guardarlas, un rato de juegos, una cena rápida y nerviosa y la preparación de un simulacro de dormida comunitaria. En la paja. Por supuesto.

La noche ha avanzado con lentitud, pero también (así es la vida) con una rapidez que traiciona a más de uno a quien el cansancio, el calorcillo conseguido y la falta de costumbre están a punto de trasladar al mundo de los sueños.           

-"¡Las seis!"- dice por fin uno que ha mirado el reloj siete veces en los últimos cinco minutos. A más de uno le cuesta un trabajo enorme abandonar la compañía de una paja que, si bien había sido hostil e incómoda en un principio, era, ya en ese momento, como un calentito y blando colchón de plumas.

-"Mi chaqueta" ¿Dónde está?"

-"La lleva Pepín".

-"Pues que la saque. Hace frío".

-"¡Mira cómo vas de pajas!" "Ja, ja,ja".

-"Ja, ja" ¿Y tú??"

-"¿Quién quiere un  celtas?".

Entre escalofríos y con las estrellas todavía bien aposentadas en el cielo, empieza la penúltima parte de la empresa que con tanta ilusión se ha empezado más de doce horas antes: colocar las enramadas. No faltarán pequeños roces fruto de la picaresca infantil o de los incipientes fuegos que empiezan a arder en alguno de sus corazoncitos. "¿Y ésa para quién la guardas? Se tenía que haber puesto al principio. Es de las que más pesan". "Ji, ji, ji. Pues para Angelita. Le hace tilín". "¡Tú cállate!". Pero será una empresa común el colocarlas donde haga falta, en algunos casos, en el balcón más alto como demostración de arrojo, de valentía y de que por esa chica se es capaz de llegar hasta la ventana más alta de la casa, incluso con medio pino a las costillas. Para esta operación se requiere agilidad, valentía, fuerza y  poco miedo. Con ayuda de los de abajo, de las cuerdas y de algún padre o madre que, alertado por el ruido sale al balcón y echa una mano al arrojado escalador en apuros, no se resistirá ningún balcón, ventana, terraza o lugar saliente donde pueda colgarse  la enramada. Es cuestión de honor. En contadas ocasiones se deja en el suelo y, si se hace, es porque no existe posibilidad alguna de colocarla "como Dios manda". 

Finalizada la operación, una vuelta por el pueblo a ver otras enramadas, otras cuadrillas. Luego  (última fase del ritual) vendrán "las copas" y con ellas el intento de demostrar, no siempre con el final apetecido, que ya se empieza a ser hombre. 

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Imagino que a más de uno este pequeño cuento (no sé si cuento y si bien o mal descrito) no le resultará en absoluto desconocido. La enramada ha significado algo muy especial para todas las generaciones jóvenes que, mientras lo han sido, han vivido en Molinos. Pero me atrevería a afirmar que este encanto de la "enramada" ha perdido brillo para las generaciones más jóvenes ( quizá me equivoque y esté cayendo en el viejo tópico de que "cualquier tiempo pasado fue mejor"). No quiero decir que ese día no ofrezca atractivo desde hace un tiempo y en la actualidad. No, no es eso. Quiero decir que "ya es otra cosa". De ello se ha encargado nuestra civilización con sus ordenadores, su televisión, sus videojuegos, sus maquinetas, sus consolas, sus siniestros monstruos y máquinas de juguete que matan de una galaxia a otra, sus aburridos “madelmanes” o “power rangers”  (¿es así?), sus sosas “barbis” que hacen hasta pipí (¡qué asco!) y otros muchos artilugios que no sé hasta qué punto debemos alegrarnos de que hayan entrado a formar parte de nuestra y de sus (la de los niños y jóvenes principalmente) vidas.            También, por qué no decirlo, los padres o algunos padres que se olvidan o nos olvidamos de que con 10 y menos años ya íbamos al pinar por nuestra cuenta, sin que nos acompañaran nuestros padres, no sé si porque supieron "dejarnos hacer" (cosa muy de agradecer) o porque no les sobraba el tiempo para sobreprotegernos. El esfuerzo, el riesgo (aunque sea mínimo), la sensación de haber superado la prueba uno mismo de principio a fin es lo que da aliciente a cualquier empresa, actividad, juego o simple entretenimiento al que alguien se dedique. Y máxime cuando se tiene esa corta edad en la que se pretende emular todo aquello que hacen o que han hecho los mayores. No es lo mismo una enramada  cortada y  puesta por uno mismo que una enramada a medias con papá. Por muy buen hijo que se sea.           

Si la tradición se desvirtúa, si se suaviza o cambia por comodidad, si la tradición pierde su esencia y sus rasgos más significativos e identificativos, esa tradición está herida de muerte. Convendría, pues, intentar volver a los orígenes e intentar evitar "vicios" que se han adquirido como, por ejemplo, dejar los pinos largos en el suelo. Si se ha tenido lo que hay que tener para cortar un buen pino (aunque ahora con los motosierras es bastante poco lo que hace falta), hay que tenerlo también para colocar el pino como siempre se ha hecho, derecho en la fachada de la chica o de la mujer que sea. No se le trae a esa chica "una carga de leña". Se le ofrece algo más, que no creo haga falta explicar.  Ese pino derecho es algo; largo, sólo eso, un poco de leña. La cosa no tiene vuelta de hoja.           

Volver la vista atrás. 

 

Terrorismo: "ETA" y el "PP" o el "PP" y "ETA":

Terrorismo: "ETA"  y  el  "PP"  o  el  "PP"  y  "ETA":

No deja de ser triste que una persona que ha asesinado a más de veinte personas sea loado y vitoreado en el viaje de regreso a su tierra y sea recibido en ésta como un verdadero héroe y “quasimártir”. Es lamentable y deplorable que cientos de personas aclamen con vítores y gritos de entusiasmo a alguien cuya heroicidad ha consistido en quitar la vida a un buen número de personas, a ninguna de las cuales conocían, casi con total seguridad,  todos aquellos y aquellas que vitoreaban al asesino desconociendo, por tanto, las razones, culpas o defectos, en caso de haberlos tenido, que les había acarreado tan extrema condena. E igual que desconocían los motivos que los sentenciaron, ignoraban las virtudes, capacidades y aptitudes que, sin duda, acompañaban a las víctimas.

¿Qué celebraban todos aquellos y aquellas que con banderas (¡¡malditas sean todas las banderas!!), carreras, gritos e incontenible devoción recibían a un asesino convicto que volvía a su tierra tras haber cumplido años de condena y arriesgar su vida con una salvaje huelga de hambre? ¿Qué celebraban? ¿Festejaban la vida o la muerte? ¿Qué era lo que realmente vitoreaban, la vida o la muerte? Ciertamente eran una gran minoría pero, aún así, ofendían al pudor y al sentido común.

Ninguno de los que se acercaban con verdadero frenesí a la ambulancia que devolvía al asesino a su tierra conocía, casi con total seguridad, a una sola de las víctimas del convicto criminal al que iban dirigidos todos aquellos gritos y que era el causante de  un paroxismo y una pasión inigualables. Ninguno de ellos conocía ni la personalidad de los asesinados, ni sus familias, ni sus ideas políticas y no políticas, religiosas y no religiosas, ni sus sentimientos, ni sus creencias y sus deseos y, sin embargo, para todos aquellos que se acercaban a la ambulancia del asesino estaban bien ajusticiados simplemente porque lo había hecho aquel criminal a quien idolatraban.

Sin duda, más de uno y una de cuantos vitoreaban el paso de la ambulancia de quien quitó la vida, bien supremo, a unos cuantos seres humanos y cuya elección de sus víctimas fue, muy posiblemente, absolutamente aleatoria o casual, muchos o quizá todos ellos y ellas se sentirán de izquierdas, luchadores de la libertad y, por supuesto, en posesión de la verdad.

Mal futuro le espera a un pueblo que pone peanas a un personaje como éste, a un criminal convicto y no arrepentido.

Triste es que se venere a un personaje como éste, pero no menos triste y peligroso es que un determinado partido político haga una utilización perversa de unas medidas legales que la Justicia y el Gobierno de la Nación han tomado con este criminal con el único e inicuo fin de desgastar al gobierno legítimamente constituido y así conseguir  acceder al poder en una especie de “golpe de estado” encubierto.

Triste e indigno es que quienes actuaron de una determinada manera enarbolando la bandera de la legalidad y el bien común criminalicen esas mismas prácticas cuando las acometen sus rivales políticos.

Increíblemente y en contra de toda lógica y razón, los más altos cargos del Partido Popular (al que dada su reciente  y desmedida afición a manifestarse convendría ya llamarlo el Partido Pancartero), están usando como bandera y dardo arrojadizo el hecho de que un gobierno legítimamente elegido y constituido haya decidido tomar unas medidas indudablemente sujetas a derecho y amparadas por jueces y juristas e impulsadas por un loable sentimiento de magnanimidad y de aprecio a la vida de los que, indudablemente careció la persona beneficiada.

Paradójico resulta que quienes prodigaron esas medidas por docenas e incluso por cientos e indudablemente, sólo teniendo en cuenta el número, sin el rigor con el que se ha hecho en esta ocasión, se rasguen las vestiduras y ataquen de una manera tan hipócrita como miserable al gobierno y engañen de manera despreciable al pueblo y levanten peligrosamente a las masas en contra del poder legítimamente elegido con mentiras y artimañas que están “encabronando” y dividiendo al pueblo de una manera que muy bien podría derivar en una contienda civil. Irresponsables y malignas llamadas a la desobediencia y al levantamiento civil ya los ha habido por parte de algunos capitostes del partido popular y de algunos miembros de  grupos o instituciones afines a los conservadores como es el caso de la Iglesia.

Un partido que vituperaba e intentaba desacreditar al entonces Jefe de la Oposición, José Luís Rodríguez Zapatero, con el apelativo de pancartero por el hecho de haber ejercido en alguna ocasión su derecho a manifestarse en la calle, ha dado tal drástico cambio de rumbo en su estrategia política que ha acabado por hacer de la calle y de las manifestaciones callejeras su “pan nuestro de cada día”, manifestándose con una asiduidad inaudita con todos aquellos, llámense curas, obispos, ultraderechistas, fascistas o gente de cualquier ralea que quieran, como ellos, desgastar y ladrar contra el gobierno.

El “pepe”, verdadero Partido Pancartero, se ha olvidado de que la política se desarrolla en el seno de las instituciones y ha salido a la calle a intentar hacer política no con la fuerza de la razón, sino con la fuerza de los gritos y de las descalificaciones. Para colmo, en un alarde de falta de responsabilidad y de ética totalmente absolutas, quiere contaminar tanto el Congreso de los Diputados como el Senado con ese ambiente barriobajero que rezuman las convocatorias a las que se adhiere, organiza o le sirven en bandeja organizaciones afines por todos conocidas.

Lo peligroso, con todo, no es que existan personajes esperpénticos como Pujalte, tragicómicos como Pío García Escudero o sencillamente viles y despreciables (además de mentirosos) como Rajoy, Zaplana y Acebes, mendaz por excelencia, lo triste y peligroso es que haya cientos de miles de personas que crean sus mentiras y celebren sus poco éticas maneras de hacer política y oposición.

Para bien o para mal, el caso de De Juana Chaos puede cambiar la vida política de este país. O se impone la cordura o el peligro de un enfrentamiento no tardará en llegar a ser una seria posibilidad.

El terrorismo ha sido el eje central, el “leitmotiv”, el casi único y exclusivo asunto de la vida política y a la vez el ariete con el que el “pepe” ha intentado, no hacer oposición, sino desgastar, atacar, vilipendiar y denostar al gobierno de España. Y lo ha hecho, además, intentando adueñarse de todos los símbolos y enseñas que le han venido a mano: no sólo la bandera, el himno nacional, sino también canciones, himnos y gritos (quién no recuerda ¡el pueblo unido jamás será vencido!) de arraigada tradición de izquierdas.

Utilizar descarada y “sacrílegamente” las palabras de Unamuno en el sonado asunto del Archivo Histórico de Salamanca sólo fue el principio.

El “trío de la desvergüenza” no tiene empacho en hincar el diente a todo aquello que cree que puede beneficiar su delirante deseo de volver a gobernar.

Se han adueñado de símbolos y han pretendido ignominiosamente monopolizar el dolor de las víctimas del terrorismo sin importarles lo más mínimo ni las víctimas ni su dolor. Rectifico. Les importan algunas víctimas. Las que les sirven para sus propósitos.

Toda esta locura y este despropósito que se ha adueñado del Partido Pancartero; todo ese ruido que hace tiene además, otro fin que no es otro que intentar ocultar con el mismo ahínco como evidencia resulta para cualquiera que se entregue a pensar unos minutos: intentar evitar la atención de otro juicio que SÍ debería celebrarse y en el que tienen mucho que perder. ¿Cómo quedará  el mentor espiritual y verdadero “factotum” del “pepe”, el insigne Ánsar (¿recuerdan aquello de “¡Estamos trabajando en ello!”?  ¡¡Qué verbo!!, ¡¡Qué facilidad para los idiomas!!)  y alguno de sus ministros como Acebes, insigne falaz, si se demuestra, que sin duda acabará demostrándose, que el atentado del 11-M fue una consecuencia directa de la entrada de España en la guerra de Irak, capricho “quasi” exclusivo del señor del bigotito y la mirada torva y no se pusieron las medidas necesarias para evitar la masacre gracias a la ineficacia y a la ineptitud del ministro Acebes?

Alguno de los que ahora aplauden a las víctimas podían haberse ahorrado ese trabajo si no hubieran participado en aquel aplauso vergonzante que protagonizaron todos los diputados, entonces PrePancarteros , cuando se aprobó la participación de nuestro ejército en la guerra de Irak, acto, sin duda, el más vergonzoso, abominable, inmoral y lamentable de toda la historia de nuestro país.

Poner peanas a los criminales y palos a las ruedas del carro de la paz. Dos formas distintas, pero igualmente fascistas y execrables de obstaculizar el camino de la paz y de perturbar la pacífica y armoniosa convivencia de las gentes.

La mujer en la antigüedad.

La mujer en la antigüedad.

Aunque la literatura griega está llena de heroínas: Antígona, que desobedeciendo órdenes, dio sepultura a su hermano Orestes; Penélope, la esposa fiel de Ulises que durante más de 20 años esperó su regreso; Alcestes, que ofreció su vida para salvar la de su esposo, etc. etc., la situación de la mujer en la vida real era muy diferente.

En Esparta, los espartanos criticaban a Licurgo, legislador, por no haber sabido dominar a las mujeres, debido a la excesiva libertad de que, en su opinión gozaban. Las muchachas espartanas practicaban, al igual que los jóvenes, ejercicios gimnásticos y eran las únicas en toda Grecia que podían asistir a los Juegos Olímpicos; en las fiestas de Hora efectuaban carreras en las que se premiaba a la vencedora con una rama de olivo. El trato entre ambos sexos era muy libre y en todas las fiestas participaban las jóvenes con sus cantos, danzas y juegos. Una vez casada, se encargaba del gobierno de la casa, sin quedar recluida en ella, como la ateniense.

En Atenas la mujer carecía de derechos políticos y jurídicos. En estos aspectos su situación era similar a la de un esclavo, aunque fuera la dueña que dirigiera y gobernara la casa con autoridad, cuyo símbolo eran las llaves.

Desde su infancia permanecía recluida en casa y tenía que vivir lejos de las miradas de los hombres incluso de los de su familia. Su educación estaba siempre al cargo de una mujer y lo único que aprendía eran actividades "propias de su sexo", como cocinar, bordar, tejer la lana, etc. Algunas más afortunadas, algo de música, lectura, etc.

Se casaba a edad muy temprana y era su dueño o tutor quien elegía el marido. El fin primordial del matrimonio era el de tener hijos. Una vez casada, la mujer pasaba a ocupar los lugares destinados a ella, el gineceo, de donde casi nunca salía y cuando lo hacía era en compañía de una esclava. Las de clase más humilde tenían, en este aspecto, una ventaja sobre las de las clases más altas, ya que al no disponer de esclavos o esclavas que les hicieran la compra, ir a buscar agua (entonces no había agua corriente) o cualquier otro trabajo, eran ellas mismas las que tenían que salir para hacerlo (y de paso echar una charradita con las vecinas).

Únicamente podían salir de casa en los acontecimientos familiares y en las fiestas religiosas. No podían asistir a los juegos públicos pero sí al teatro. Vivía totalmente alejada de la vida social de su marido e incluso cuando éste invitaba a sus amigos a su casa, la mujer no solía aparecer por la sala del banquete.

Tras las guerras del Peloponeso (432-404 a.C.) la situación de la mujer ateniense mejoró bastante y las costumbres se hicieron más libres, a imitación de las mujeres espartanas.

En Roma se casaba a edad muy temprana (contrariamente al hombre, sobre todo en la época del Imperio, que solía hacerlo rondando los 30 años, por lo que había una notable diferencia de edad entre marido y mujer) y en la mayoría de los casos el matrimonio estaba concertado por sus padres. Una vez casada colaboraba activamente en la dirección de la casa.

El matrimonio podía ser, fudamentalmente de dos formas:

- En el matrimonio "cum manu" la esposa dejaba su unidad familiar y la potestas del padre para pasar a la de su esposo. La dote y las propiedades de la esposa pertenecían por completo al esposo.

-En el matrimonio "sine manu", por el contrario, la mujer pertenecía a la familia y "potestas" del padre, además participaba en el régimen de propiedad de su familia natal. El esposo no tenía ningún derecho sobre la mujer (lo tenía el padre), pero tampoco tenía ninguna obligación, ni siquiera de mantenerla. La mujer tenía, pues, notable independencia jurídica sobre su esposo (aunque en la práctica no lo fuera tanto). Este tipo de matrimonio fue el que se impuso finalmente por lo que, al menos teóricamente, se avanzó hacia la igualdad en la situación legal y social de hombres y mujeres al desaparecer la tutela del marido sobre la esposa. No cambió, sin embargo, el papel fundamental de la mujer dentro del matrimonio, y que fue, como ya sabemos, excepto muy pocas excepciones, el de llevar las tareas del hogar, a diferencia del marido que era quien trabajaba fuera de casa.

Con el tiempo, afortunadamente pues, se fueron equiparando los derechos del esposo y la esposa hasta llegar a ser no una, sino dos entidades económicas distintas y gozar la mujer de independencia jurídica completa en lo concerniente a tener propiedades tras la muerte de su padre.En la Edad Media se cambió, pues era inaceptable para entonces la falta de autoridad del esposo sobre su mujer.

La mujer romana, casada o no, permanecía siempre bajo la tutela de un varón: su padre, su marido o cualquier familiar (hermano, tío, etc.) cuando, divorciada, volvía al hogar del padre si éste había muerto.

Solía participar con su marido en las obligaciones que la vida social les exigía. Compartía con su marido la autoridad sobre los hijos y lo sirvientes y aconsejaba a su marido en todo. Las mujeres de familia rica tenían más libertad de movimientos: salían de casa libremente y podía asistir a reuniones y banquetes en los que, en los primeros tiempos de la República debía permanecer sentada, a diferencia de los hombres que estaban recostados. Tampoco podían beber vino seco, sino que sólo podían beber una mezcla de vino con miel llamada mulsum. Podría decirse que el grado de libertad de que gozaba una mujer estaba en relación directa con su riqueza y con su categoría social: las mujeres pudientes tenían bastante independencia, sobre todo si eran viudas. Las esposas de los emperadores y senadores solían ejercer mucha influencia desde la sombra. En el otro extremo de la escala social, muchísimas mujeres eran esclavas, en una gradación que iba desde las doncellas hasta las mozas de labranza.

En un principio no podía asistir a los espectáculos públicos. Con el tiempo pudo hacerlo, incluso participar en ellos.

La mujer alcanzó a partir del S. I una emancipación que podríamos llamar completa en algunos aspectos de la vida. Pero hay muchos campos que le siguieron vedados:

En el campo jurídico tenía prohibido ser juez, abogado, etc. Incluso legalmente le estaba prohibido ser banquera. Podían dedicarse a varias profesiones (se sabe de una mujer que fabricaba lámparas), como peluqueras profesionales, comadronas, dueñas de tiendas, etc. , pero no era frecuente que lo hicieran ni tampoco eran muchas las profesiones a las que podían acceder.

En el religioso únicamente tenía acceso al cargo de vestal, sacerdotisa encargada de mantener vivo el fuego de la diosa Venus, diosa del hogar.

En el terreno político la mujer no poseyó ninguna clase de derechos. Los autores clásicos siempre recurren al mismo argumento para justificar esta discriminación: infirmitas feminarum (debilidad de las mujeres).

Con todo, y sin que fuera una situación ideal, la diferencia de la situación de la mujer en Grecia y en Roma es grande y siempre a favor de la mujer romana: no permanecía como aquella en el gineceo sino que acompañaba a su marido, se le cedía el paso en la calle, no se le podía tocar ni citándola a justicia, asistía a banquetes y espectáculos, etc. etc.

Se ha escrito mucho de la mujer romana y de sus costumbres (sobre todo de sus vicios). Más adelante veremos varios ejemplos, pero, ante esto debemos tener en cuenta dos cosas: 1º que no todas las mujeres de Roma podían llevar (aunque lo hubieran querido) una vida licenciosa , de orgía y desenfreno, de "marcha total" y con un amante cada día, y 2º que la historia nos ha dado a conocer la vida precisamente de esas mujeres y no la historia callada, abnegada y familiar de las madres humildes como las nuestras. Sería como comparar la vida de nuestras madres, de las mujeres de nuestros pueblos y la vida de las mujeres de la "yet" de Marbella. Con todo, leyendo los relatos de la historia de Roma que han llegado hasta nosotros uno se queda con la impresión de que la mujer romana no era una mujer vulgar, ni mucho menos. Era una mujer de gran temperamento, fuerte, "de armas tomar", capaz de lo mejor y de lo peor, capaz de participar en intrigas, de gobernar el Imperio desde la sombra, de cometer o mandar cometer asesinatos, envenenamientos, capaz de perpetrar incesto y de contar sus amantes por docenas (como Mesalina, Agripina, Popea o tantas otras) y por otra capaz, como veremos de protagonizar actos de una valentía o actos de una sensibilidad fuera de lo común.

A nivel general se puede decir que la situación y forma de vivir de la mujer en Roma cambia radicalmente de los primeros años de la República a los del Imperio. A medida que va tomando más importancia para el pueblo romano las riquezas y el placer, se pasa de una vida familiar, austera, de trabajo en casa y de fidelidad al marido a una vida disipada, de búsqueda del placer y de los escándalos, del adulterio, crímenes, abortos voluntarios, envenenamientos, ventas de criaturas, etc. etc. El texto que pongo a continuación de Séneca (famoso filósofo, preceptor y ministro de Nerón, nacido en Hispania, en Corduba concretamente) nos da una idea de la situación a que se había llegado en lo referente a la relajación costumbres en materia sexual:

"¿Es que hay todavía alguna mujer que se avergüence al ser repudiada, después de que algunas damas, de linaje noble e ilustre, cuentan sus años no por el número de los cónsules sino por el de sus maridos, y se divorcian para casarse y se casan para divorciarse? Eso infundía respeto mientras era cosa rara; más tarde, como no había página en las actas (del senado, de los sacerdocios y colegios) sin un divorcio, aprendieron a hacer lo que no cesaban de oír. ¿Hay ya vergüenza alguna en cometer adulterio, una vez que se ha llegado al extremo de que ninguna mujer tenga marido sino para excitar al adúltero? La castidad hay día es prueba de pusilanimidad. ¿Qué mujer encontrarás tan miserable y consumida que se contente con un par de adúlteros, y que no les divida las horas del día? Y no basta un día para todos, si no se ha hecho conducir en litera con uno y ha pasado la noche con otro. Es vulgar y anticuada la que no sabe que el matrimonio es vivir con un adúltero."

 

Comparando una época y otra, el poeta Juvenal, que vivió a finales del S. I. d.C. y principios del S. II. d. C., escribió:

"En la época heroica, Alcestes dio la vida por su esposo. Si las mujeres de nuestro tiempo tuvieran que escoger entre su marido y su perrito faldero, sacrificarían, sin duda, al esposo."

 

Ejemplos de signo totalmente contrario y de una fuerza emotiva tremenda también los encontramos en abundancia y a lo largo de toda la historia de Roma. Como ejemplo os pongo otros dos. Uno de los más conocidos es el de una mujer, Arria. Su marido, Paetus, y su hijo estaban enfermos y al parecer los dos deshauciados. Un día el joven murió. Estaba dotado de una gran belleza y de una pureza espiritual no común, por lo que sus padres lo querían mucho más por sus virtudes que por el solo hecho de ser su hijo. Arria preparó los funerales de su hijo y condujo el cortejo fúnebre de manera que su marido no se enterara de nada. Al entrar en la habitación de Paetus, fingía que su hijo aún vivía, que se encontraba mejor; y como el padre le pidiera frecuentemente noticias, ella le respondía: "Ha descandado bien y ha comido con apetito". Y dicho esto, luchando por contener el llanto tanto tiempo ahogado, salía de su habitación y se abandonaba a su dolor. Una vez se hartaba de llorar, se secaba los ojos, se recomponía el rostro y volvía a entrar, dejando, por decirlo de algún modo, su dolor en la puerta. Con este esfuerzo sobrehumano, Arria pudo salvar a su marido de la enfermedad que le había arrebatado a su hijo. Arria siguió a su marido a todos los sitios donde éste tuvo que ir debido a su dedicación, la política. Al cabo de unos años su marido fue condenado a muerte por el emperador Claudio. Para evitar una muerte indigna del marido a quien tanto amaba, ella cogió un puñal en las manos, se lo clavó en el pecho, y sacándolo, se lo ofreció a su marido animándole: "Paetus, no hace daño", y ambos cayeron muertos abrazados.

El otro ejemplo lo tenemos en la elegía 11 del libro 3º de Propercio. En ella una difunta, de la orgullosa familia de los Cornelios, habla a Paulo, su esposo superviviente, rogándole que no llore por ella, puesto que de nada sirve a sus cenizas, que caben en el hueco de una mano, ni el llanto ni el noble linaje. La esposa le ruega que haga constar en el epitafio que ha sido la mujer de un solo hombre (univira), al que consagró toda su vida, desde que brillaron las antorchas de sus bodas hasta las de sus funerales, y ha formado con su esposo en vida una unidad sin quiebra ni tacha. El mismo César Augusto lloró junto a su sepulcro. Anima a su hija a que siga su ejemplo, queriendo solamente a un hombre. Y, dirigiéndose a su esposo, le ruega sea padre y madre para sus hijos; que ponga sus besos en cada abrazo que les dé, y que cuando sienta dolor, lo domine, y se acerque a sus niños con las mejillas secas. Si recibiera en casa una nueva esposa, recomienda a sus hijos que la acepten sin alabar demasiado a su madre difunta, para que sus palabras ingenuas no hieran a la madrastra. "Pero si vuestro padre se contenta con el recuerdo y, sólo con él, hace frente a la vejez, entonces aprended a consolarlo y no permitáis que ninguna preocupación se acerque a su corazón solitario. Quiero que los años que me son robados a mí sean añadidos a vosotros para que vuestro padre pueda envejecer rodeado de sus hijos".

Bonito ¿no?. Pues.....Fin.